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lunes, 11 de julio de 2016

LA BESTIA

                                                                                                                                


            Esta tarde, D. Mariano nos pregunta para asegurarse de nuestra atención. Es un hombre mayor de pelo absolutamente blanco, pero infalible para darte con la tiza en el punto exacto de la cabeza si te sorprende ausente. Detrás de él tiene la pizarra cuajada de nombres históricos, de fórmulas matemáticas y de raíces cuadradas; un totum revolutum que me causa rechazo.
- “A ver tú: fundación del Imperio Romano; los fenicios; papel de Roncesvalles en la Reconquista…”
            Años de práctica me permiten sortear estos escollos que quieren rasgar la panza del buque que me lleva y puedo contestar, desde allí donde me encuentre, para librarme del impacto. 
            ¡Despierta!, así era como, con un pescozón, se dirigían a mí mis mayores. Y es que sujetar la atención durante más de cinco minutos era para mí una empresa titánica. Ya de pequeño supe que podía soltar las amarras para navegar por los siete mares sin que nadie pudiese impedirlo.
            Durante años me acostumbré a vagar por la ciudad alternando mi desbaratamiento mental con las largas caminatas. Me estimulaba el peligro de adentrarme en el tráfico caótico mientras que, interiormente, recorría selváticas veredas sacudidas por paquidermos que podrían aplastarme como a una brizna de hierba. Por supuesto que requería de autocontrol para no quedarme varado entre los dos mundos. Me salvaba el esfuerzo que hacía por distribuirme entre ambos aspectos de mi vida, aunque no siempre lo consiguiese.
            En una ocasión la policía me devolvió a casa tras haber recibido aviso por parte del vigilante de seguridad que me había encontrado con la mirada perdida en algún centro comercial, desarbolado e incapaz de dar razón de quién era. Estos sucesos alarmaban a mis padres, que vivían con pánico cada vez que salía por la puerta. ¡Tengan cuidado, que ahora los chicos abusan de las drogas!, les decían.
            A veces, al ver llorar a mi madre sentí remordimientos pero yo no podía – y creo que si hubiese podido no habría querido- renunciar a mis fugas. No puedo evitar pensar que, si hubiese sido capaz de cambiar por ella, tal vez ahora no me encontraría en esta situación.
            ¿Cuándo comencé a dormir menos? Casi siempre me tumbaba con los ojos taladrando el techo y con la mente flotando ingrávida. Era un estado monocorde, profundo y en sordina tan reparador como el sueño al que gradualmente sustituía. Así las cosas cualquiera se habría preocupado seriamente por mí, por lo que decidí que mis padres no debían conocerlo para que no se angustiasen.
            Llegó un punto en que no dormía nunca o, también podríamos decirlo así, en que lo hacía sin cesar puesto que siempre estaba, si las circunstancias me lo permitían, en ese estado de duermevela que tanto me gustaba. Comencé a experimentar cambios que denotaban la fusión de ambos mundos. Cuando por ejemplo era de noche y no tenía que emerger en cierto tiempo, me dejaba caer en el universo onírico y allí vivía, experimentaba y conocía a personas que me importaban pero que apenas recordaba de vuelta a la vigilia. Vivía una dualidad que a veces me hacía dudar de en cual de los dos estados me encontraba; situaciones donde todo era familiar e impreciso, pero que me inquietaban poco rato porque las olvidaba de vuelta a lo cotidiano.
            Una noche mis padres roncaban a pierna suelta, yo buscaba un pijama limpio en el armario cuando mi mano no tocó fondo y, entonces, me deslicé por el boquete. No sé cuántos peldaños descendí por la escalera, pero hasta mí llegaban los sonidos familiares a la hora de la cena -platos, risas, televisores-, por lo que creí que era una arteria de madera incrustada en el edificio junto a las viviendas. Al cabo de un rato me di cuenta de que a mis pies sonaba una música de jazz y el murmullo de gente entrechocando cristales. Me descolgué a lo que parecía el trastero de un bar, con mesas y sillas de plástico acumuladas por las esquinas. Como estaba casi a oscuras, me golpeé la espinilla con una de las muchas cajas de cerveza todavía cerradas. Nada más abrí la puerta dos chicos me palmearon la espalda “¡Ya era hora de que bajases, íbamos a subir a por ti!” Una joven al fondo del local envuelta en el humo del tabaco me sonrió y levantó la copa hacia mí. A través del cristal de la puerta se veía la calle, supe que acababa de llover porque las farolas se reflejaban en el asfalto mojado. ¿De verdad que el armario empotrado de mi habitación comunicaba con un bar del que, todo parecía indicarlo, yo era un habitual?, ¿y si algún cliente subía a mi casa deshaciendo el mismo camino? No recuerdo demasiado de esa noche, pero me lo pasé genial bebiendo y riendo con mis amigos y hasta me morreé con la muchacha que al principio de la noche había alzado la copa hacia mí. A la mañana desperté con una resaca terrible pero con tan buen recuerdo –hasta yo desconocía mi vertiente extrovertida- que quise regresar más veces. Entonces examiné el armario en busca de la abertura pero aunque lo vacié de ropa y pasé la mano por cada juntura milimétrica no la encontré de manera que, cuando desde la acera examiné la fachada, ya me temía lo peor. Más adelante, sin pretenderlo siquiera, volví para correrme más juergas con los mismos amigos, pues se trata de un lugar al que solo se regresa casualmente. Puedo decir con orgullo que hasta llegué a tener, como los mejores clientes, una botella de tequila marcada con mis iniciales S. P., Señor Pijama, que era como me llamaban ahí. 
            Esta anécdota no es si no una más de tantas, una muestra de una tendencia que el tiempo se encargó de incrementar hasta el extremo. Ya en mis más tiernos años buscaba durante las clases el estado mental que me permitiera desconectar. Hacia los seis años los profesores gritaban mi nombre hasta que me encontraban en el más intrincado rincón del jardín, contemplando el lento formar del capullo de un gusano de seda. Para evitar estos escándalos, averigüé que podía acceder a cualquier lugar imaginable sin tener que moverme de mi pupitre de colegial, mientras el maestro me suponía a su merced. Mi propensión a las fugas me otorgaba una expresión de papanatismo que contribuía a que no me tomasen en serio, por lo que podía permanecer huido el máximo tiempo antes de que, a mí alrededor, saltasen las alarmas. A los ojos de los demás mis rarezas eran inclinaciones peregrinas que no dañaban a nadie. Mis padres me toleraban sin aspavientos puesto que aprobaba los exámenes como el resto de mis compañeros. Supongo que, con el tiempo, mis ausencias eran bien recibidas ya que no constituían un problema, como si lo eran los chicos chillones y revoltosos. 
            Así las cosas, se comprende que a día de hoy en el instituto pueda desdoblarme sin que el profesor se percate de que apenas soy una carcasa vacía y de que mi espíritu vaga lejos. Mucho más que las libretas que camuflo entre los libros y que es donde trazo el dibujo de mis pensamientos más personales, esta dualidad es para mí un arma perfecta para escapar, sin llamar la atención, de las monsergas con que me atormentan. La práctica me permite contestar preguntas tales como en qué año se fundó el Imperio Romano, los fenicios o el papel de Roncesvalles en la Reconquista; aparentar así que me encuentro entre ellos y salir del paso gracias a ciertos automatismos del cuerpo que todos traemos desde las cavernas junto con el instinto de supervivencia. De mi albedrío depende cuanto tiempo ausentarme, a donde trasladar mis pensamientos e, incluso, qué parte dejar de guardia.
            Hace rato que la voz de D. Mariano fue batida por las olas de una tarde anodina que me engulle. Desde el patio llega el chirrido de las cigarras. De vez en cuando entra un golpe de brisa con aroma a vacaciones. Tengo sed. El sabor a sal no impide mi desasimiento. El sopor me pierde así como el latigazo del cetáceo aleja los botes maltrechos.  Las cigarras a mí espalda han levantado una columna que me separa del mundo. El mar me mece y me sumerge en un sueño del que parece imposible escapar. Un latido profundo me arrojó en esta playa donde duermo aturdido.
            Un olor fortísimo, mareante como una droga, me pone en guardia. Entreabro los ojos y veo unas pezuñas que levantan polvo junto a mi  cabeza. ¿Qué es? Las patas son fornidas, recubiertas de un vello de alambre. Repentinamente se revuelve y entonces me llega un puñetazo de este aroma bestial. Cierro los ojos pues presiento que corro peligro de muerte si se fija en mí; pero ya se ha impresionado en mi retina, tan vivo, que arde en mis ojos de manera que temo no poder volver a ver el sol. Es enorme, una mezcla de bestia y hombre tan brutal que podría desmembrarme sin esfuerzo. De pronto su crin roza mi cara petrificada y me ahoga el hedor de su aliento. Me doy cuenta de que se burla cínicamente de mi intento infantil de engañarle, pero parece más interesado en husmear entre mis cosas que en mí. Transcurre un tiempo que se me hace eterno hasta que me permito una rendija: ¡Está leyendo mi diario! Hay una incongruencia tal entre su aspecto brutal y su actitud inteligente que un escalofrío me recorre la espina dorsal. Soporto una eternidad inmóvil, temiendo que de un zarpazo me arranque la cabeza, que me reviente el pecho de una coz. El hedor me narcotiza permitiéndome soportar la agonía. Ya amanece cuando por fin miro a mí alrededor. Se ha marchado.
            Me sentí mal cuando vi las huellas de las pezuñas. ¿Cuánto puede pesar para hincarse así en la tierra? En cuanto me he dado cuenta de que faltaban mis diarios me he echado a temblar ¿para qué los quiere?, ¿una criatura así puede leer? Que de entre todos estos objetos seleccionase las libretas me parece aberrante. Si descifra mi lenguaje no tendré secretos para él; mi mente y mi corazón caerán en su poder. Esto me ha dejado un sabor sangriento del que no me he podido librar ni aun escupiendo sobre esta tierra que se alborota como si disparase sobre ella. A partir de ahora las horas pasarán lentas temiendo su regreso.
            He estado toda la noche mirando el barco, tratando de tomar una decisión. Sin duda que está abandonado; se bambolea al son de las mareas como un funámbulo en la cuerda floja. A veces se oculta detrás del espigón cubierto de palmeras que parte la playa y, a las pocas horas, vuelve a asomar la proa. La decisión es difícil porque su gran tamaño me hace pensar que está más cerca de lo que parece. Lo quiera o no, mis ojos tratan de discernir si hay alguien abordo pero la luz de las estrellas apenas me permite vislumbrar el velamen destrozado por algún temporal. Escogeré el lugar apropiado para lanzarme al agua cuando las corrientes lo acerquen más. Ya no me siento seguro en esta playa; además, si me hago con él, tal vez me sirva para escapar.
            Amanece, no puedo demorarlo más y me encamino hacia el espigón. A mi espalda llevo el petate envuelto en plástico con todo lo indispensable. Cuando llego lo veo, a varios cientos de metros, sobre la piel tirante del mar. Es impresionante; algo en él me recuerda a los galeones españoles del siglo XVI. Tiene el velamen parciamente roto y flameando sus gualdrapas. No quiero pensármelo un segundo y me arrojo desde lo más alto. Mi cuerpo, como una saeta, rompe la superficie del mar. Un paisaje cuajado de colores se abre ante mí cada vez que hundo la cabeza tras tomar una bocanada. Pero no va a ser tan fácil; no sé si es que alguien sujeta mis pies o es que el barco se aleja con cada brazada. La boca me arde de sal y tengo los hombros agarrotados. Siento pánico de que un calambre me paralice. Por fin llego. El casco, de madera pulida, es un muro impenetrable que asciende hasta el cielo. Me maldigo por no haberlo previsto. Imposible pensar en dar media vuelta, las pocas fuerzas que me quedan las malgasto manteniéndome a flote. Me abandono boca arriba en el agua saturada de sal. Tengo que recuperar fuerzas a pesar del peligro de que las corrientes me pierdan para siempre. Cierro los ojos y, cuando los vuelvo a abrir, solo veo el páramo del océano. Estoy seguro de que voy a morir cuando recibo un golpe en la cabeza: me he dado contra el barco, cuyo casco rodeé flotando. En esta parte crece rémora, algas y crustáceos profundamente adheridos. Subo agarrándome y, cuando ya no puedo más, me dejo caer por un ojo de buey.  
            Palpando sin ver, guiándome por un microscópico punto blanco, alcanzo la cubierta. Un golpe de sol me ciega ¿alguna vez soporté una luz tan intensa? Estoy en una nave enorme que no me permite asomarme por la borda. Pero, por algún motivo que todavía no comprendo, necesito ver la playa donde he vivido hasta ahora. Entonces guio mis pasos hacia el puente mayor, el único lugar lo bastante alto como para permitírmelo. Sujeto el timón como un marino que no quiere sucumbir al hechizo del mar y mis ojos recorren la orilla que me parece de otro planeta. Enseguida, en lo más alto de la colina, veo a la bestia.  A pesar de la distancia que nos separa, noto su mirada atravesándome. Sopla un cuerno que desprende un sonido enloquecedor; una única, incesante nota que me embruja. De pronto, entre nubes de polvo surgen las demás grupas sudorosas, los cascos golpeando la tierra, los torsos de una manada demencial que se detiene ante el abismo.
            El terror de saberme su presa me hace lamentar haber tomado, día tras día, la decisión de fugarme de la realidad. A pesar de que cada vez que cedía a la tentación me alejaba un poco más de los demás, yo perseveraba en esa pendiente cada vez más intensa. ¿Cómo exigir ahora verme libre de este destino?
            Bajo a la bodega, que está llena de artefactos mecánicos a salvo del salitre. Es el lugar través del espejo a donde viene a parar todo aquello que se quedó en el camino. Atlas de otras tierras, esferas girando dentro de otras esferas movidas por micrométricas ruedas dentadas que movilizan sistemas solares, grandes cristales que extraen la faceta oculta de las cosas. Intuyo que se trata de una tecnología disparatada, rudimentaria y descomunal de todo lo que pudo ser y no fue. La sola idea de que las bestias sean capaces de comprender los fundamentos de estos misterios me espeluzna. Y entonces, para incrementar mi horror, al ver que ciertas partes delicadas de estos dispositivos han sido engrasadas a conciencia, me convenzo de que la aberrante combinación de inteligencia animal coexiste de manera perfecta en los seres pestilentes.  
            Sé que las bestias esperan el momento propicio para atraparme; podrían hacerlo en cualquier momento, pero disfrutan con las prolegómenos y crueldades de la caza. Estarán esperando a la noche para entender sus redes y atraparme como al insecto en la tela de araña. Subo a la cubierta y trato, dejando caer el peso de mi cuerpo, de girar el timón. Lo consigo y la nave comienza a moverse lentamente mientras ruego al cielo que se adentre todo lo posible.
            “Tal vez derive hacia la alta mar, donde moriré de hambre en unos días”, pienso. Por terrible que pudiera haberme parecido en otras circunstancias es lo menos malo que cabe esperar. El barco se bambolea mientras rodea los escollos hasta que se clava en un banco de arena al otro lado del espigón, a escasa distancia de la playa. Ha sucedido lo peor: si deciden venir a por mí no tardarán en alcanzarme. Mis manos sudorosas se aferran a la baranda temiendo escuchar el sonido del cuerno que anticipa la caza. Sobrepasado por la situación mis nervios parecen ausentes. Antaño, cosas tan rutinarias como escuchar a mi madre trasteando en la cocina o a mi padre orinando de buena mañana me devolvían a la vigilia. Esta vez, el olor nauseabundo de las bestias esperándome en la orilla me disuade de que sea posible escapar tan fácilmente. Lo cierto es que, por primera vez desde hace mucho, me siento tan perdido que soy capaz de mirar con detalle a mi alrededor. En lo alto de la colina se alzan, serenos y majestuosos, dos ángeles tallados en piedra. ¿Qué representan? Lo ignoro. Solo sé que emanan un magnetismo más fuerte que yo.
            Las he visto antes en un recuerdo que regresa con el golpe de una ola. La presencia de estas esculturas pertenecientes a otra dimensión me anonada. El horror que me persigue las ha hecho saltar hasta aquí. “La primera vez fue durante uno de los sueños más intensos que tuve, cuando todavía era un  niño y creía que eran cosas que les pasaban a todos”, me sorprendo a contándome a mí mismo. Ya desde lejos vi los dos custodios y, cuando llegué atraído por una fuerza irresistible, me asomé a aquel borde vertiginoso y contemplé las galaxias expandiéndose en la infinitud, el eco de las supernovas explosionando a millones de años luz y, mucho más cerca, tanto que casi podía alcanzarlos con la mano, los planetas rotando sin cesar junto a sus satélites.
            De pronto oigo el temido cuerno, la tierra golpeada por los pezuñas que anuncian que las bestias dan comienzo a la caza y, sin pensármelo dos veces, me arrojo al agua. Nado con desesperación sin reservarme un ápice de fuerza, tan solo esperando que no me atrapen antes de mi llegada. Toco tierra y corro montaña arriba, sin aliento, con el corazón saliéndose del pecho.
            A mi espalda el golpe de los cascos apedrea la playa; una nube de polvo oculta la manada pero sé que sus húmedos hocicos, las crines sucias y sus feos rostros esperan un tropiezo para abalanzarse sobre mí. Llego sin aliento a lo más alto. Un sol amputado por el horizonte empapa de sangre la grupa del líder, que trepa por los riscos con la agilidad de una víbora. No hay nada que pueda pararle, una voluntad cruel le guía y antes de darme muerte querrá jugar con mi sufrimiento.
            “Si llegase hasta el portal me arrojaría por él, me fundiría en el todo. Podría al menos escapar de este destino terrible”. Ya rozo los pies de los guardianes cuando la garra áspera de la bestia me aferra el tobillo. Levanto suplicante la mirada pero solo consigo que el sol me ciegue. El monstruo salta reventándome los pulmones y todos los huesos del cuerpo. Escucho el gemido de una niña y me doy cuenta de que es él, que se burla de mi estertor con este lloro ridículo, inverosímil. Levanto la mirada una vez más justo cuando del rostro de un ángel cae una lágrima de piedra que yo deseo que me taladre la cabeza. Contemplo a cámara lenta su vuelo rotatorio agrandándose en el espacio, transformándose en una inmensidad blanca que impacta contra mí.

            Como un último recuerdo arrancado a la muerte brota un horizonte de teja cuajada de nombres históricos, de fórmulas matemáticas y de raíces cuadradas; el mismo totum revolutum que llena siempre la pizarra del instituto. En primer término se corporiza un señor canoso, D. Mariano, que sonríe satisfecho por haber dado en el blanco y, de inmediato, la tempestad de risas, un terremoto de mesas y de sillas que caen con estruendo; el cachondeo supremo que cabe esperar de mis compañeros al verme sorprendido.


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