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jueves, 5 de marzo de 2015

Y OTRO MÁS...



Recuerda la primera telaraña que tejió, allá en el hospicio. Los internos estaban tan perdidos como él; un ámbito de desheredados que le despertó el impulso de comunicarse con ellos. Entonces, poseído de un fervor imparable, enhebró una red de símbolos surgida de su interior. Cuando trató de comprender qué mar de corales y caracolas blancas había dibujado no lo consiguió, aunque atronasen sus emociones con la fuerza de un oleaje. Ante la posibilidad de haber plasmado la esencia de su alma, los cosió con un sedal de pescador. Más tarde supo que para cada uno de los internos había diseñado un fragmento que tocaba su corazón, aunque el resto les resultase tan incomprensible como lo era para él mismo.
                            
            Hubo una época en que la incógnita acerca de su naturaleza le dominaba. Entonces pensó que, quizás, también él podría sentir esa fiebre entrevista cuando sorprendía el fragor de unos cuerpos rozándose en la intimidad de las casas…

La primera vez fue en la calle, cuando el gemido de una mujer derrumbada entre unos contenedores llamó su atención. Quiso insuflar aire en sus pulmones y su rostro recuperó al instante el color de la vida. La cercanía de la muerte y el aire purísimo que la inundó hicieron que exudase un aroma animal, pletórico de secreciones hormonales y de alcohol. Atolondrado por el impacto de una vaharada que podría acoger el filo de un cuchillo, le arrebató la botella llena del néctar de los hombres y la vació de un trago. Fue una decisión insólita, pero un vértigo imparable le empujaba.

Ella palpó el cuerpo velado para agradecer la ayuda con el único salario que conocía y deslizó sus manos febriles por debajo de su gabardina. En la penumbra apenas podía verle y lo aceptó sin preguntas, aunque su garganta rugió feroz cuando alcanzó el sexo divino. Él recibió las caricias como un adolescente aturdido que se deja guiar por manos expertas. Los restos del animal que conservaba irrumpieron con fuerza tras eones de inactividad. El lúbrico despertar de su verga de cristal era de pronto un diamante capaz de taladrar todas las carnes. Los golpes vigorosos de sus caderas ondeaban las puntas de la gabardina y la hembra se abría como la tierra yerta con las lluvias tropicales.
Ese día conoció el instinto que enloda el espíritu con los ardores del infierno.

Hubo otras más. Cuando en la distancia escuchaba el clamor de un cuerpo solitario se colaba por la ventana, pirueteaba sobre ellas o las aguardaba en la oscuridad de sus camas donde su mirada ovalada las hechizaba. Otras veces llamaba al domicilio sin luz y, sin fuerzas para cerrar la puerta, caían por la pendiente de sus deseos. Jamás permitió que tocasen sus espaldas. Si alguna vez intuyó que esto podría suceder, giraba el cuerpo desatado para ayuntarse como lo hacen las bestias. Entonces brotaba el germen animal mientras sus caderas vigorosas golpeteaban las nalgas enrojecidas por el gozo.
A menudo eran mujeres aturdidas que ansiaban compañía para poder dormir después de semanas en vela. Discernía signos físicos que ellas mismas desconocían; verrugas que anunciaban enfermedades fulminantes o lunares que significaban virtudes que probablemente jamás descubrirían. Ignoraba los cánones de belleza, la edad o la firmeza de sus carnes puesto que, ante todo, eran para él miembros de una raza aparte.

Los cuerpos que frecuentaba envejecían con los años mientras que el suyo se fortalecía sin cesar. Sus instintos animales crecían con su uso y esto le avergonzaba ya que embotaban su verdadera naturaleza. Se había lanzado a aquel lodazal para ahuyentar su soledad sin que ahora se sintiese más unido a lo humano. Con cada descarga de frenético deseo, las hembras le resultaban tan ajenas como lo eran antes de poseerlas.

            Regresa con frecuencia a casa de Jacinto, para velar por él y porque le trae recuerdos de su estancia en el hospicio. Allí pasa el tiempo escuchando los ruidos que hacen los vecinos: la familia con el niño pequeño en el piso de al lado; sus lloros constantes y las discusiones con el hombre que llega borracho. La viejecita del ático a quien, a veces, un adolescente ayuda a subir la compra. Y todos los demás sonidos banales que llegan desde los otros pisos… Al cabo de las horas resuenan pasos en la escalera, el ascensor y la llave en la ranura pero cuando entran, sólo encuentran los visillos ondeando con la luna.

            Cuando se abisma en su mundo interior aletarga sus sentidos y reduce sus vibraciones, de manera que nadie alcanza a percibir el resto corporal que deja afuera. Lo consigue estando seguro de que allí adonde viaje su espíritu trasladará todo su ser; una convicción sin fisuras que doblega la materia.

            Hace días estaba en el cuarto de ascensores. Su cuerpo embalsamado de telarañas permanecía en pie con la rigidez de una momia, su mente vagaba por regiones remotas. De pronto una pelota botó desde la puerta entreabierta y asomó una cabecita que buscaba el juguete perdido. El niño le miró e hizo ademán de entregárselo, pero un hombre lo sujetó desde el umbral -“Ahí puedes hacerte daño”, dijo.

            ¿Cómo pudo verle? Tal vez su mente sorprendida empañó el cristal de su cuerpo haciéndole de pronto visible. El hombre no se percató siquiera, pero el pequeño habría podido incluso tocarle. ¿Aquella mirada no consiguió que sintiese algo nuevo? ¿Un cosquilleo que le hizo más real? Y entonces aprende de su naturaleza pues si algo hay entre los hombres que le conforte, esto son los ojos de un niño.

            Siempre le apenó ver a la vieja del ático subir las escaleras cargada con la compra. Desearía ayudarla pero, salvo que deba entregar un mensaje, no le está permitido inmiscuirse.

Suena el teléfono en casa de la mujer:

- ¿Patricia Olmedo?  Encontramos este número en una cartera. Sentimos tener que comunicarle…

            Y le dicen que su hijo, de quien hace tiempo que no sabe nada, murió en un accidente. El auricular golpetea contra la pared, un cuerpo frágil se desmorona como un fardo y él comienza a escribir sin remedio. Más tarde subió como una pluma que apenas rozase los escalones, deslizó la hoja por la rendija entre la puerta y el suelo y esperó acurrucado… La respiración alterada, zapatillas taponando la luz entre las junturas; un bisbiseo de labios que descifran y el llanto callado que alivia un tormento. Como tantas otras veces desconoce el contenido del mensaje que escribió, pero sabe que sólo estuvo completo cuando fue leído. Aquel que no puede entremezclarse con los hombres, tiene una razón de ser.



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