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jueves, 12 de febrero de 2015

OTRO FRAGMENTO DE UNA NOVELA (-¿Pero aquí no habla la gente? -No, aquí no habla la gente).

…Y mi ser lleva toda una vida trepando por los edificios, viviendo la mayor parte en sus entrañas, lo cual me da derecho a afirmar que son organismos vivos que nacen, crecen, menguan, mueren. Defecan cuando la infinidad de cañerías vierten sus inmundicias al subsuelo, respiran por sus ventanas, a través de sus instalaciones de aire acondicionado, por todos los poros en su piel de paquidermo. Por todas partes existen aberturas traspasadas por el aire, por el polen, por la humedad, por el frío invernal o la tórrida canícula. Los edificios enferman por defectos de nacimiento, cuando movimientos en el subsuelo los desequilibran y, cuando en sus inicios fueron maltratados, envejecen antes de lo previsto. Gozan, en cambio, de buena salud si recibieron buenos genes y si los cuidan mientras viven. Al igual que todos los seres disfrutan de juventud, de una madurez serena y fuerte, y envejecen con los años. Tampoco ellos escapan a la muerte. Quienes crean que no son seres vivos, están equivocados. En las terrazas recala la fuerza de los astros y el sol dora su piel de día. La lluvia los limpia y riega como hace con los árboles. Son grandes titanes que atesoran tanta materia orgánica como pueda haber en los bosques. La variedad animal, vegetal y mineral que guardan es representativa de la de todo el planeta. Por su interior pululan infinidad de seres que viven y mueren como si de una gran arca de Noé se tratase.

Hay tejados selváticos cuajados de tierra y semillas que el viento alcanza. Verdaderos bosques impenetrables olvidados de todos. Amazonas de matorrales, arboledas y colmillos de sable emboscados entre ellas. Ningún gigante prehistórico pudo igualarles. Son los diplodocus del mundo actual, los mamuts de nuestro tiempo. Multitud de corazones son sorbidos por la mole repleta de una humanidad vibrante en sus entrañas. Por sus arterias corren mares de sangre, de heces, de mucosidades. Todos los días y noches se liberan en su interior litros de semen, de saliva, de sudor... Sus paredes contemplan asesinatos, milagros, nacimientos, muertes y alegrías. Si sus órganos hablasen nos arrodillaríamos reverentes ante el dios enorme y sabio que nos cobija. Reabsorben minerales del subsuelo donde arraigan, fluidos telúricos que ascienden transfundidos por sus venas, sembrando de arrugas y hoyuelos el planeta. Limados por el viento, azotados por la lluvia, desde el espacio se perciben semejantes  a verrugas, nódulos, nudillos rocosos; cartílagos y rótulas regadas por la luna, surcos y montañas de raíces profundas. Tienen vísceras, pulmones, corazón, mente. Se doblan como el junco ante los vendavales, hincan sus raíces dilatando o contrayendo sus espaldas cuando la tierra tiembla furiosa. Desconocen el silencio pues sus cañerías gimen con el frío o ronronean con placer en el verano. Multitud de veces me sobresaltaron en la noche extraños sonidos semejantes al que hacen los astros al girar pues gritan, aúllan con el viento y dialogan consigo mismos y con quien quiera escucharles. En una ocasión me salvaron alargándome un cable cuando caía al vacío y otra me tendieron un puente frente al hueco del ascensor.
                                
A veces me tendí en un rincón, en una esquina olvidada de todos, adormecido en un armario empotrado en cualquier piso vacío, con una botella de anís en las manos y el rostro amortajado de telarañas. O en una sala de ascensores desechados cuando el clamor de televisiones, bocinazos, gritos y lloros dejó que el silencio creciese en mi interior y, entonces, sentí un murmullo de tripas de gigante reptando desde el abismo, expandirse por los rellanos hasta llegar a mí. Otras veces, he dejado caer el chorro de orina hasta la calle para medir los metros que me separaban de la tierra y comprobar que había sido esparcida por el viento, diseminada en la nada sin que una sola gota tocase la tierra. La orina pulverizada en la distancia, en el espacio, en el vacío, y yo en el más alto tejado bailando desnudo con el cielo de ascuas por techo y una lluvia de estrellas sobre mi cuerpo. Una orgía frenética girando en redondo hasta caer empapado y feliz.

Los constructores decidieron proveer el edificio donde vivo de extensos jardines en las terrazas. Anunciaron que la vegetación mejoraría la calidad del aire y que absorbería el agua de lluvia disminuyendo las goteras. Se presumía además que regularía la temperatura del edificio calentando o refrigerando los ambientes, porque la tierra actúa como aislante térmico. Se consideró la amplia extensión a cubrir –varias terrazas intercomunicadas- sin que nadie dijera que esto supondría algún contratiempo. Afirmaron, incluso, que los pisos superiores se iban a revalorizar al estar más aislados contra el ruido por la masa vegetal. Pero el paso del tiempo puso de manifiesto que la tierra tenía características inadecuadas y se equivocaron también en la elección de las plantas, excesivamente fértiles para la climatología del lugar. La consecuencia fue que los jardines, que deberían haber sido ordenados y metódicos como parquecillos japoneses han llegado a ser boscosos, selváticos según qué zonas. No son pocos los vecinos que en las reuniones de escalera se quejan de ruidos molestos, ladridos, rugidos y otros sonidos intimidatorios procedentes de las terrazas que, repletas de tierra fértil amamantada por las lluvias, se ha ido desbocando sin que nadie sepa bien hasta qué punto. No sabemos si esto es totalmente cierto porque los ánimos flaquean nada más plantearse subir.
Algunos dicen que son varios los perros extraviados que buscaron refugio arriba y que, desde entonces, se han ido reproduciendo. Un vecino del piso 16º se quejaba de que por las noches su perro se pone a aullar al son de no sé qué jauría. Hace ya tiempo que doña Felicidad, vecina de la escalera 4B, piso 8º, confesó que a uno de sus novios, propietario de una tienda de animales, se le habían escapado dos cachorros de tigre por las escaleras sin que lograra recuperarlos. Doña Felicidad sobrelleva su postmenopausia trajinándose a todo varón que se le ponga a tiro, a todos menos a Fermín, vecino de su escalera que hizo lo imposible por conseguirla, sin lograr más que rechazos. Tal vez fuese que doña Felicidad notó que era un resentido. O simplemente porque era gordito y calvo, con un diente de oro que le daba un aire mafioso, pero lo cierto es que el despechado inició una campaña que logró desacreditarla, como lo demuestra el hecho de que a doña Felicidad le pusieran el mote de ‘La domadora’. Fuese o no cierto lo de los tigres, la situación se fue agravando de tal manera que, si antes los conserjes se hacían los remolones, ahora no suben ni bajo amenaza y eso que constan despidos por tal motivo.
Alarmados por un ruido más violento de lo habitual, algunos vecinos se reunieron en una ocasión en el descansillo. Los más prevenidos estaban en pijama, otros en calzoncillos y las mujeres con alguna teta asomando bajo la bata ¡A qué viene tanto follón por una corriente de aire!, dijo un desinformado recién llegado del bar a quien pusieron enseguida al día. Carecían de valor para subir pero pronto apareció una escopeta de caza, tan antigua que parecía un arcabuz, y el milagro se produjo. El grupo avanzaba a trompicones por la escalera, pisoteándose mutuamente las zapatillas y formando una piña como si una fría noche de invierno los juntase y no hiciese un calor de mil demonios. Ninguno se atrevía a reconocer en voz alta que no tenían prisa y todos se sobresaltaron cuando comprobaron que habían salvado varios pisos en un periquete. Tenían ya la puerta de la azotea frente a ellos, se produjo un sonido similar al de unas tripas estresadas y, de golpe, rompieron a correr en desbandada. Poco después, recién recuperado el resuello, entre sábanas recién planchadas más de uno comentó con su mujer cuán cobardes eran los conserjes y que eso lo arreglaba él en un santiamén congelándoles la nómina.


1 comentario:

Luna dijo...

Todo lo que un hombre construye, otro hombre lo destruye. De igual modo con Felicidad.