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miércoles, 28 de enero de 2015

FRAGMENTO DE UNA NOVELA


No sé si he dicho ya que el mío era un barrio de gentes acomodadas, muchas de ellas venidas a menos respecto al día en que llegaron. Pareciera que una parte de la burguesía de la ciudad hubiese acordado conseguir uno de aquellos pisos poco antes de que su situación empeorara. Había funcionarios jubilados de cierto nivel y unos cuantos hijos de papá con ínfulas de artista que en su día se habían empeñado en no terminar sus estudios como hacen los genios, pero que ahora no podían ganarse la vida con un talento que no tenían ni tampoco podían trabajar de camareros o albañiles, pues eran oficios que despreciaban. Se habían quedado colgados en un limbo de irrealidad y vivían dando sablazos a parientes y amigos con la promesa de que estaban a punto de vender un gran cuadro o de publicar una novela. Algunos porteros habían sido despedidos para ahorrar gastos, pero en la mayoría de los edificios conservaban al suyo. Se trataba de unos señores de uniforme gris de revisor de tren que se ocupaban de ayudar a las viejecitas a subir la compra, si es que no eran aún demasiado viejos para ello, o de filtrar el paso de las visitas incómodas, normalmente acreedores es busca de su dinero. También había una parroquia que usaba una minoría para ir preparando el viaje a la última morada.

En el bloque había un vecino, empleado del ayuntamiento, ansioso por hacer méritos antes sus superiores. Le había llegado el soplo de que el concejal de urbanismo estaba indignado por la precariedad de los planos del subsuelo de la ciudad -y del alcantarillado de ese barrio en particular-, por lo que ideó una investigación secreta que pensaba documentar con filmaciones subterráneas que adjuntar al informe. No las tenía todas consigo, ya que otro intento en el pasado habían terminado en tragedia al perderse los inspectores entre la maraña de pasadizos. Se sabía que más allá del alcantarillado moderno se extendían otros sectores que afectaban a los desagües y que probablemente eran estos los causantes remotos de las ventosidades que afloraban a la superficie a través de las cañerías. Aunque las quejas de los vecinos hartos de soportar las pedorretas emergentes inundaban los despachos, a la administración lo que menos interesaba en esos momentos electorales era repetir la tragedia. Por esto, y a pesar del riesgo, el ayudante del concejal sabía que, si tenía éxito, el ascenso que tanto tiempo llevaba esperando estaba cantado.

No hay brazo más largo que el de un funcionario bien relacionado y, el nuestro, lo cultivaba gracias al baboseo durante los interminables almuerzos en las cafeterías de alrededor del ayuntamiento, con especial énfasis en sus pares del Ministerio de Hacienda. No tuvo más que esperar el informe que un contacto de dicho Ministerio le proporcionó para que pudiese seleccionar, de entre sus vecinos, a los candidatos adecuados que le ayudasen en su misión. La patrulla estaba compuesta por un espeleólogo, empleado interino siempre al borde del despido; un opositor veterano al cuerpo de bomberos; un portero que no pagaba impuestos, un aficionado a la montaña con seis trimestres de deudas con la comunidad. Eran todos ellos deudores en periodo ejecutivo a los que el ayudante del concejal invitó a esquivar una inspección que podría encarcelarles. A cambio, descenderían a los intestinos que hay debajo de las capas de cemento, mucho más allá de los huecos más profundos de ascensor para filmar lo que fuese preciso, dibujar los croquis necesarios y, tal vez, ayudarle después con el informe. “Ya sabéis, pasarlo a ordenador y tal…”  Para orientarse contaban con unos planos tomados prestados, con absoluta nocturnidad, de la concejalía de urbanismo. Eran unos pliegos acartonados por el tiempo, picoteados por las polillas y que daba miedo desplegar porque se desmigajaban a la mínima.

Obviando el aspecto depravado de su personalidad, el funcionario tenía un talante bullangero por lo que, en concienzudas reuniones regadas con de buena cerveza con que envalentonarse, el improvisado escuadrón estudió los planos hasta que, por fin, en uno de los documentos encontraron el dibujo de una trampilla tatuada de imágenes amedrentadoras. Los vapores etílicos ayudaron a que el portero reconociese que en una ocasión, buscando donde esconder unos cubos de basura deteriorados, había dado con aquella trampilla y se explayó contando que un compañero jamás había regresado una vez que lo traspasó. Al escucharle, le urgieron a que les diese idea precisa de donde estaba, pues sabían que una vez rebasada la parte convencional del alcantarillado comenzaba otra heredada de tiempos pretéritos de la que lo desconocían todo. Eran estos sectores más profundos los que podía hacer ganar puntos al funcionario frente a sus superiores y era en ellos donde tenía puestas sus esperanzas.

Durante noches todos ellos durmieron mano a mano con la ansiedad, pues los espasmos que de vez en cuando sacudían el complejo de edificios les habían persuadido de que sus entrañas se descargaban al son de diarreas elefantiásicas e imprevisibles. A pesar de que eran los mismos temblores a los que ya estaban acostumbrados, les atormentaba la posibilidad de que, si descendían, pudiesen confluir allí donde las tripas se descargaban, anegándoles en un callejón sin salida. La sola idea de perecer bajo un alud de mierda decenas de metros en el interior de la tierra, les causaba una inquietud tan intolerable que a la siguiente reunión, pálidos y ojerosos, decidieron comenzar sin más dilación so pena de abandonar para siempre el plan. Y así, sin pensárselo dos veces para no dar pábulo al miedo, descendieron pertrechados de mascarillas anti-pestilencia, impermeables, cascos con linterna y cámara incorporada, botas de pesca hasta las rodillas, objetos todos a los que el funcionario tenía fácil acceso de entre los requisados a los comerciantes morosos.
Chapotearon a través de túneles, arrancando los pies de un barro absorbente mientras miraban al portero con una violencia pendiente de un hilo, pues no acababan de dar con la entrada prometida. Conocían de los rumores que afirmaban que todos los años se perdían por las alcantarillas los animales más exóticos, reptiles, pirañas, cocodrilos incluso, de los que los compradores caprichosos se deshacían en cuanto dejaban de ser cachorros, y que se reproducían sobre alimentados en aquella maraña de pasadizos. Se toparon con ratas tan grandes como gatos, agresivas y que no rehuían a los entrometidos y esto incrementó su miedo a encontrarse con peligrosas mutaciones, prevenidos de que los desagües amamantados por las inmundicias de la superficie habrían híper desarrollado criaturas ya de por sí repugnantes. Cuando por fin dieron con la trampilla, la levantaron entre todos y, jaleándose, se arrojaron por la boca negra del lobo. Durante un primer tramo la oscuridad era tal que las linternas a duras penas conseguían taladrar un palmo con su luz agonizante. Luego llegaron otros donde la fosforescencia sugería la existencia de productos químicos diluidos irradiando y haciendo visible el camino.
Poco a poco fueron rebasando los túneles claustrofóbicos, sumergiéndose en los aledaños de una ciudad subterránea en forma de vetustas estructuras arquitectónicas. Atravesaron catacumbas que supusieron romanas, cuidando de no caer en los nichos que se abrían a sus pies. Envueltos en el vaho que les rodeaba, cada uno de ellos tuvo que hacer frente a sus fantasías y, así, reflotando sobre la densa y apestosa corriente que inundaba los canales, uno de ellos vio pasar los cuerpos momificados de un regimiento de hombres vestidos con armaduras medievales. Durante un lapso, otro de los expedicionarios se perdió y, al regresar, contó que había llegado hasta una bóveda tan inmensa que la vista no alcanzaba los límites, una fresca corriente de aire removía los árboles y una segunda naturaleza, más pura que la de la superficie, les invitaba a quedarse. No le hicieron mucho caso porque, enseguida, otro más confesó que había estado surcando los mares a bordo del Nautilos que, al hallarse sin tripulación, él mismo había gobernado.

Mientras tanto, en la superficie transcurrían anodinos los días y las noches. No sería justo decir que las fuerzas del orden no hicieron lo posible por encontrar a aquellos insensatos, pero es innegable que su entusiasmo decayó abruptamente en cuanto llegaron a la trampilla más profunda. Por fin, cuando apenas quedaban esperanzas de encontrar a los hombres con vida, unos niños que jugaban en el patio vieron, coronando el geiser que se levantaba potente, como tropezones de una sopa inmunda, a los cinco valientes regurgitados por las profundidades. 

Cuando en el hospital les dieron el alta ninguno de ellos quiso decir nada de lo sucedido. Hasta hace poco en que el opositor, sin duda para tener de qué comer, contó esta historia a un periódico. No es que le sirviera de mucho, porque desde el ayuntamiento tacharon enseguida sus declaraciones de alucinaciones provocadas por los residuos tóxicos que se forman en las alcantarillas. Lo cierto es que, como si el hedor hubiese penetrado entre las células de cada uno de los expedicionarios, todos ellos permanecieron malolientes durante años, y sus rostros fueron tomando una expresión involuntaria de asco. Taciturnos, sus conocidos les rehuían y sus mujeres acabaron por abandonarles. Ni siquiera tuvieron el consuelo de evitar la inspección de Hacienda y, sin la protección del funcionario caído en desgracia, los inspectores no tardaron en desplumarles.

1 comentario:

Luna dijo...

El resto...

Saludo enorme. Fran.