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viernes, 28 de noviembre de 2014

EL DURMIENTE




            Hay una extraña raza de hombres: los hombres durmientes. Su existencia se remonta a los orígenes de la humanidad y se caracterizan porque desarrollan toda, o gran parte de su vida, entre sueños. Incluso cuando parecen despiertos, basta con observarles atentamente para percibir ciertas incoherencias en ellos que revelan que no guardan vigilia. Esta estirpe es harto infrecuente, y se dice que en el caso de que alguno despertase llegaría a ser un oráculo a través del cual los dioses podrían manifestarse. Se cree que los hay que jamás abren los ojos mientras continúan con sus actividades laborales y su vida cotidiana.
           
            El protagonista de nuestra historia se hacía llamar Honorio, y yo tuve el privilegio de conocerle en el despacho donde ejerzo como psicoterapeuta. Recuerdo que parecía hablar desde el interior de una burbuja de cristal y su voz resonaba opaca y lejana. Hacía un tiempo que no se sentía como antes y quería saber si yo podría ayudarle a interpretar ciertos cambios en su vida reciente. A unas preguntas rutinarias, me respondió que desde la infancia un velo tapaba la nitidez del mundo para él. En seguida me di cuenta de que estaba en presencia de un verdadero durmiente. Había tenido noticia acerca de estos seres al recopilar información para mi tesis doctoral en la facultad de psicología. Unos informes antiguos de cierto médico vienés, que a su vez había recogido de textos latinos, habían despertado mi curiosidad por el tema. Y ahora, como una milagrosa coincidencia, se presentaba ante mí Honorio. Aún estaba muy lejos de saber que en relación a él, nunca se producía nada por casualidad. En aquellos textos se especulaba sobre la posibilidad del despertar de un durmiente. Yo sabía que no era una dolencia que tuviese cura, porque no se trataba de una enfermedad sino sólo de una peculiaridad extraordinaria. Se decía que uno de estos durmientes había logrado concebir el universo como las personas consideradas “normales”, y que lo había hecho sin perder un ápice de sus anteriores capacidades.
           
            En cualquier caso, Honorio me comunicó que disponía de unas anotaciones dispersas que había ido tomando a lo largo de su vida. Eran unos apuntes realizados a modo de diario, aunque de manera muy deslavazada. No quise dejar pasar aquella magnífica oportunidad y le pedí que me los prestase. Naturalmente, le oculté mi propósito de utilizarlos para mi trabajo de investigación. Lo que más abajo expreso es sólo el borrador de la más increíble aventura íntima que nadie haya podido contemplar…

            Muchos años tardó Honorio en tomar conciencia de su singularidad. Por las mañanas no experimentaba ese brusco cambio que padecemos los demás al salir del denso mundo de los sueños. Se levantaba de la cama y acudía al mundo real como si ninguna interrupción le hubiera sacudido; sólo que los párpados permitían ver una mirada que venía de muy lejos.

            No existe documentación al respecto de que alguna pareja de durmientes haya llegado a conocerse, ni por lo tanto de si serían capaces de relacionarse entre sí, y de que manera se llevaría a efecto. Sin embargo, Honorio tuvo ocasión de contactar con otro como él. Era una muchacha que también asistía al espectáculo del mundo desde una lejanía onírica similar a la suya. Esta muchacha se llamaba Iris, y un peculiar instinto femenino le informó desde el principio de su semejanza con Honorio. Cuando estaban juntos apenas precisaban de las palabras y cualquier espectador casual habría sacado una idea confusa de la naturaleza de la relación. Alguna singularidad les mantenía coordinados cuando caminaban separados por las aceras de la ciudad y decidían al unísono sentarse en la misma mesa de una misma cafetería; y cuando, tras despachar en silencio las consumiciones volvían al fragor de manera igualmente improvisada. Y muchos habrían llegado a considerar alguna suerte de unión telepática al observar a Honorio salir de casa con su aire ausente y verle acudir al lugar preciso por donde Iris cruzaba en aquel momento.
           
            Honorio albergaba un indubitado aprecio por su amiga del alma; una estima que no habría vacilado en calificar de amorosa. Sin embargo, la vaguedad de sus naturalezas les impedía llevar a término la unión carnal necesaria. Era como si sus etéreas existencias precisasen de un complemento más anclado en la materia para concretar los deseos. Ambos sabían que de algún modo estarían siempre juntos, pero de una manera diferente a la habitual. Serían como el haz y envés de una misma hoja cuya extrema cercanía impide el roce y confusión de las savias. Sin necesidad de comentarlo, decidieron seguir con sus vidas individuales.

            Honorio sentía una poco práctica falta de interés por temas como el dinero, pero su existencia era frecuentada por las paradojas y jamás pasó problemas en este sentido: la vida le había exonerado de esos desvelos tan naturales para el resto de los mortales. Cuando sus recursos disminuían peligrosamente, algún resorte se ponía en marcha y lograba el empleo necesario. Otras veces, se dirigía con determinación a algún centro de apuestas donde jugaba la cantidad necesaria para salir de aprietos. Su propio desinterés le favorecía y se retiraba de la ruleta de la fortuna tan pronto como había logrado su objetivo.

            En el casino aún recuerdan a aquel muchacho abstraído que durante una noche estuvo jugando en todas las mesas sin perder en ninguna ocasión. Los crupieres recibieron orden de seguir sus movimientos y sólo lo exiguo de las cantidades que apostaba evitó que tomaran alguna postura de fuerza. Honorio parecía más fascinado por la profusión de colores que abarrotaban las moquetas y los artilugios concebidos para las apuestas que por la posibilidad de ganar o perder. Su aspecto sonámbulo contrastaba con el de los otros jugadores que reflejaban en sus rostros sudorosos la ansiedad del vértigo del dinero. Al amanecer, de regreso a casa, portaba exactamente la cantidad que necesitaba en aquellos días sin detenerse a considerar que podría haber sido mucho más elevada.
           
            Cuando caminaba, lo hacía a modo de esos barcos sin tripulación que son capaces de vagar milagrosamente entre escollos hasta lograr indemnes su destino. Así Honorio sorteaba las avenidas atestadas de vehículos que pasaban raudos junto a él. Era como si en su ensoñación perpetua dispusiese de un radar oculto preparado para orientarle a través de todos los peligros. Y como si su cerebro dormido se expandiese por regiones ocultas y profundas inaccesibles para los demás. El mundo era para él un continuo donde las cosas eran una prolongación las unas de las otras. Así, ante un paisaje sólo distinguía el árbol junto con el cielo que lo coronaba y las hierbas y matojos del suelo. Su estado de ánimo impregnaba lo que veía y jamás habría reconocido algo que hubiese contemplado antes inmerso en otras emociones diferentes, al igual que ocurre con todos nosotros cuando sólo recordamos un sueño pretérito al repetirse otra vez. Y así como un niño pequeño tiene un concepto genérico de sí mismo y se considera “un niño” y no un individuo definido, Honorio vivía como una persona en su sentido más abstracto, con la identidad diluida allí donde posaba la mirada. Al estar sumergido en un mundo más cercano al sueño que a la realidad, todo era una atmósfera donde cada cosa se difuminaba entremezclándose con la siguiente. En este sentido podría decirse que la vida era para él una sopa donde flotaban imprecisos los nutrientes, en vez de un sólido bocado donde hincar el diente.

            En sus trabajos, Honorio conseguía el respeto de sus superiores y la estima de sus compañeros. Parecía guiado por algún instinto que le procuraba desarrollar su función con el mínimo esfuerzo. Durante un tiempo se dedicó a la venta a domicilio. Se presentaba ante un posible cliente y sus compañeros daban de inmediato la venta por realizada. El particular, presa de un trance hipnótico, escuchaba embelesado su exposición para acto seguido estampar la codiciada firma al pie del contrato… Pero al cabo de una o dos semanas devolvía el producto intacto: el influjo se había esfumado y el cliente manifestaba salir de una bruma nocturna que le había nublado la voluntad. Los directivos decidieron entonces filmar a Honorio en el desempeño de su labor con la intención de penetrar su misterioso poder de convicción... pero las cintas eran inmunes a él y acabó siendo despedido. No obstante, si algún trabajo prefería de entre todos los que había desempeñado este era el de vigilante nocturno. Le destinaron a una urbanización de la costa. Con la mirada prendida en lo alto indagaba la música de los astros incandescentes y el rumor de los mundos poblados de oleadas inéditas. Era el sonido del mar junto a la garita transportándole envuelto entre cantos de sirena y aire lunar.
            En sus diarios, Honorio dejó registrado un rosario de conocidos y amistades de circunstancias que se habían ido decantando de entre sus compañeros de estudios. Unos cuantos habían sobrevivido a los años de escuela y perseveraban en el tiempo gracias quizá a los largos periodos donde nuestro durmiente desaparecía en alguna ignota hibernación. Estos amigos le apreciaban realmente pese a que sabían que en él había algún muro que le mantenía inexpugnable. Esta lejanía era involuntaria por su parte y sus amigos así lo interpretaban ya que intuían que Honorio era especial en sus fundamentos y que su distanciamiento era sólo una fina corteza que ocultaba un mundo distinto.
            En aquellos papeles personales de los que yo era depositario palpitaban los intentos inconexos de un joven por afianzarse en un mundo y entre unos seres de los que sólo participaba a medias. Parecía debatirse entre dos aguas y únicamente aboliendo la linde abstracta de aquel río onírico que le absorbía podría alcanzar la superficie. Era claro que Honorio precisaba comulgar con esa vida que se le escapaba de las manos, así como a todos nosotros se nos pierden los sueños engendrados entre los intersticios de cada nuevo amanecer. Honorio debía despertar por fin. Y debía hacerlo utilizando como palanca la única parte de sí que emergía como la punta de un iceberg: su cuerpo.
           
            El día que acudió a mí consulta había insinuado ciertos cambios en su naturaleza que le causaban un trastorno. Puede que el proceso ya se hubiese iniciado, y en el cariz de sus anotaciones se intuía su naturaleza. En los diarios aparecía un nuevo planeta que con su poder de atracción amenazaba con sacarle de su hasta entonces inalterada órbita. Se trataba de una mujer, y la banalidad misma de esta circunstancia era premonitoria de la nueva trayectoria que a partir de entonces trazaría la vida de Honorio. Emprendía una relación que nada tenía que ver con la que había desarrollado con Iris en el pasado. Aún podía percibir la fragante presencia de su amiga del alma y la sabía unida a él por alguna ligadura inextricable. Aunque no podía verla, sabía que también a ella la vida le ofrecía una posibilidad semejante a la que a él se le presentaba ahora. Esto podía intuirlo desde alguna capa profunda de su subconsciente, y esta coincidencia aceleraba aún más su pulso acrecentando la ansiedad. Se sentía cada vez más tenso y aturdido y la cotidianidad, tan trivial para el resto de los mortales, amenazaba con cegarle con sus destellos. Algo tiraba del durmiente hacia fuera increpándole para que abriese los ojos a otra vida. Otra vida que le esperaba incitante y voluptuosa desprendiendo su aroma de lujuria y pasión catártica.
           
            La nueva relación se llamaba Teresa, y la mera mención de su nombre bastaba para que Honorio temblase desde sus cimientos en una llamada atávica a sus impulsos más primarios. Comenzó a no descansar bien. Algún terremoto interno actuaba resquebrajando ese estado monocorde y perenne donde a la oscuridad de la noche no sucedía la luz del día en la mente del durmiente. Teresa era el canto de sirena contra el que los marinos luchan infructuosamente y ante el que sucumben seducidos por un mar que poseería sus cuerpos por entero. Era aquella una época de feroces combates amorosos. En cada embestida Honorio sentía que algún velo oscuro se rasgaba en su interior y que entraba en una agonía convulsa tan antigua como el mundo. Era el poder del deseo enroscándose en su cuerpo como una serpiente milenaria que entre espasmos le arrebataba la vida para devolvérsela luego con un vigor aún más fuerte. Emergía al mundo como un recién nacido a quien todavía le faltan las herramientas necesarias para sentirse seguro. De pronto, todo cobraba un perfil más nítido, más concreto; pero que él percibía de una vulgaridad gris y peligrosa. Y vivía escindido entre su personalidad pasada y esa otra que aún no había tomado una forma definida. Frente a su amante, a veces era un ser ingenuo y desvalido. Otras, en cambio, Teresa le contemplaba de hito en hito como transformado en alguna olvidada criatura mitológica. La muchacha tenía entonces que besarle apresuradamente para romper un encantamiento que le alejaba de ella, mientras que Honorio se aferraba al cuerpo de su amante con la desesperación de un náufrago al tablón en una última oportunidad de alcanzar tierra firme.
           
            Pero Teresa pertenecía plenamente al mundo y conocía las necesidades económicas que una vida en común inevitablemente supondrían. Aquella exigencia la recibía Honorio impeliéndole a alcanzar unas seguridades que siempre había considerado que pertenecían a la vida y a nadie en particular. Pasó un tiempo paralizado en alguna fuerte regresión, sin salir de su hogar y sin buscar empleo. Al durmiente le atenazaba la actitud interesada que siempre había visto entre unas gentes a las que movía la codicia. Por fin, se decidió a llamar a un concurso televisivo de conocimientos. Ante las cámaras contestó a todo aquello que nunca había estudiado, pero a lo que su mente tenía acceso desde alguna desconocida base de datos accesible para él. Era un viejo programa donde nadie había logrado tantos aciertos en tan breve tiempo. Tuvo algún eco entre los televidentes y fue invitado a varios programas de otros canales. Honorio respondía correctamente a cada pregunta que se le formulaba y en aquellos ambientes circenses se valoraba más lo chocante en las actitudes que la verdad de las personas. Ante su desconcierto, una actitud frenética se apoderaba de él. Yo sabía que estaba tratando de lograr una armonía en su ser y que aquella turbamulta exhibicionista era sólo el miedo que sentía ante el nuevo desafío.
           
            Su naturaleza en crisis potenció la cara oculta de su personalidad y asombró al mundo con predicciones que el paso del tiempo se apresuraba en ratificar como certeras, y lo hacía con una voz que ahora era potente y clara. Su cerebro semidormido reaccionaba así a la presión de las cámaras y del gentío. Entonces fue cuando tuvo el atrevimiento de anunciarse como profeta. La gente comenzó a agobiarle con peticiones formuladas de una manera cada vez más imperativa. Salió a la luz su vida pasada. Sus aciertos increíbles en el juego y su actitud indiferente ante el dinero, con lo que se ganó el desprecio de muchos y la veneración opresiva de otros. Honorio se veía en todo momento acosado por una chusma que sólo pretendía saciar su curiosidad con él.
           
            Presa de un vértigo casi suicida, lanzó un reto al público: se comprometía a volatilizarse ante las cámaras de televisión. El programa para el que trabajaba batió un record en sus índices de audiencia. El país entero asistió hipnotizado ante la nueva proeza del durmiente que ante sus ojos se deshilachó en una niebla difusa. Honorio desapareció para siempre. Los medios silenciaron aquel hecho, conscientes de que ninguna explicación sería posible. La gente acabó por olvidarle; salvo yo, que todas las noches despierto con la vaga sensación de haberle vuelto a ver.
           


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