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viernes, 19 de septiembre de 2014

PAPIRO INSONDABLE


No miraba la mar resonante y antigua, ni las arenas blancas. Era parte del paraje acuático que se expandía frente a él como también lo era del cielo azul y abierto desde donde graznaban las gaviotas. Enhebraba con calma pasando el fino hueso de pájaro a modo de aguja. Parecía realizar esta labor eternamente, del mismo modo que eternamente caían las olas a sus pies. Era fino, esbelto y dorado. Su cuerpo estaba labrado como lo están las piedras que pule el torrente de un río, con idéntico tesón; con elegancia. Al terminar cada extremo, un tirón al sedal formaba un nudo que él sabía indestructible. Tampoco variaba entonces su postura, salvo la musculatura del hombro que se contraía unos instantes, pétreo como el diamante. 
La red, en su mayor parte sobre la arena, caía amontonada sobre sí misma formando figuras azarosas que nada tenían de casuales. Caía desde sus manos lenta, incesantemente, con la armonía de las olas que resbalan las unas sobre las otras indiscernibles hasta desplegarse en la orilla. El hilo discurría ágil dibujando aquel tapiz de celosías simétricas sin que nadie pudiese presumir su forma definitiva, al igual que un lienzo al que sólo la pincelada final da su sentido completo. Repentinamente se puso en pie con un movimiento felino insospechado en su quietud anterior. Lo hizo con armonía, con una seguridad excluyente de toda precipitación, como el puma brillante por la tensa espera de una presa. Se irguió broncíneo al dirigir su mirada hacia las aguas que rayaban el horizonte y un viento repleto de sal golpeó su cuerpo elástico como el arpón que corta la mar anhelando impactar contra el cetáceo. Entonces, desde la mano caída que esgrimía el último cabo de red, libró toda la potencia acumulada volteándola sobre su cabeza. Al fin la soltó. Al desplegarse, sonaba con un ruido de perlas al chocar entre sí. Era el mismo sonido que había escuchado en las noches de invierno cuando los astros azules y rojos temblaban de frío en lo alto. Permaneció un instante interminable suspendida sobre las aguas en un equilibrio milagroso entre la levedad de la atmósfera y la mar grave. 

De pronto, la red, que él mismo había trenzado, comenzó a caer sobre el mar…

La red lució intensamente con el reflejo del sol impactando sobre el pescador, que sintió que quedaba embriagado por el golpe de luz desplomándose sobre las arenas. La mar resonante y antigua batía de olas la orilla, el cuerpo del pescador continuaba tendido en la playa y un mar de caracolas blancas desvelaba cielos profundos que jamás habría soñado recordar. Alguna incógnita memoria de su alma caía desvelada… 

En aquel trance inesperado, le alcanzó una visión de hombres ataviados con brazaletes en forma de serpiente y rasgos orientales que levantaban en él resonancias ocultas. Fuertemente armados, custodiaban un ejército de esclavos que eran obligados a arrastrar bloques de piedra desde la lejana cordillera. Lo realizaban aún a costa de sus vidas deslizándolos sobre troncos de árbol traídos desde bosques quizás ya extinguidos. En un vertiginoso desfile, vio la incesante tarea de aquellos esclavos que vivían y morían con la exclusiva finalidad de construir la enorme tumba-monumento de un monarca absoluto.
Vio a uno de los esclavos apoderándose en su niñez de un papiro, solo, aprendiendo a descifrarlo con la única ayuda de su desesperación. Contempló cómo aquel niño de inusual talento hallaba el único camino a su alcance para escapar del arduo destino de su pueblo. Durante los lapsos de descanso concedidos, nutría su mente superior con conocimientos reservados a los hombres libres, oculto entre los mismos pasadizos que de día trabajaba bajo el yugo del látigo. Y también como escriba, habiendo logrado ya el milagro de trascender una existencia miserable, reclinado sobre sus escritos y trazando el dibujo de incomprensibles símbolos jeroglíficos.  

Presenció el punto álgido de su vida al ser nombrado sacerdote, instante de gloria sólo entrevisto en sueños mientras trabajaba, esclavizado, en los intrincados pasadizos del interior de la pirámide. Y los largos años iniciáticos en estudios esotéricos, que proporcionaban el máximo poder a los sacerdotes al ser capaces de atraer espesas nubes repletas de agua hasta las gentes sedientas; a ese  pueblo que antaño había sido el suyo y que ahora vibraba enardecido a su paso. 

Lo contempló sumido en profundos y oscuros estudios místicos que desentrañaba con sabiduría, accediendo a manuscritos olvidados durante siglos y adquiriendo fama de mago. Se decía que era capaz de transmutar la naturaleza de los seres y que él mismo podía dejarse caer sobre el árido desierto inmiscuido secretamente entre las gotas del agua de lluvia. El monarca, subyugado por aquellas proezas, lo eligió para ser enterrado junto a sí en el más recóndito pabellón de la pirámide, nombrándole consejero para aquel mundo terrible oculto más allá de la noche. Pero cuando tras las ceremonias fúnebres la guardia irrumpió en su refugio, fue sólo para comprobar que el viejo y sabio sacerdote se había volatilizado llevándose consigo el secreto de su huída.

El pescador vio todo esto en su trance, y también al mago meditando con intensidad frente a un papiro que se dilataba sin cesar. La lámina temblaba agitándose al igual que se estremecen las aguas recorridas por el viento. De la boca, ojos y orejas del sacerdote escapaba un humo blanco, brillante, con un sonido parecido al que realizan las perlas al chocar entre sí. Salía de los orificios de su cuerpo hasta que todo él fue una nube que traspasó el papiro. Este, cada vez más diáfano al dilatar la estructura simétrica de sus hebras, dejó ver un mar inmenso, transparente, repleto de caracolas blancas y criaturas acuáticas. 

El pescador yacía sobre las arenas mientras las olas lamían la orilla. Repentinamente, como quien despierta de un sueño intenso y arrebatado, se puso en pie con un movimiento felino insospechado en su quietud anterior. Lo hizo con armonía, irguiendo el cuerpo broncíneo al dirigir su mirada hacia las aguas que rayaban el horizonte. 

1 comentario:

Luna dijo...

Tu imaginación me llevó a ese antiguo y misterioso mundo.

Saludos, Fran.