Seguidores

viernes, 19 de septiembre de 2014

LA TORRE

Ignoramos cuándo se inició la construcción, pero tuvo comienzo en otra era del pasado con alguna civilización desaparecida de la cual sólo quedan vestigios. La tierra estaba entonces regida por un puñado de hombres arrogantes que creían que el que antes alcanzase las Puertas Benditas del Cielo -a lomos de la más alta torre jamás construida-, reinaría eternamente con un poder ilimitado. Continuadas estirpes reales sojuzgaron los pueblos bajo aquel proyecto demencial y extensas hordas dejaron sus vidas en el empeño. Las losas de piedra que conforman los primeros tramos de la obra están bañadas con sangre y sus huesos quedaron para siempre aprisionados entre aquellos fríos catafalcos; el eco de sus almas extenuadas aún resuena sobre los muros graníticos. El trabajo atravesó por etapas donde se perdió la esperanza de alcanzar la meta soñada; únicamente la soberbia de los monarcas toleraba aquel río de sangre bañando un proyecto que nadie creía viable. 

Indagamos los orígenes de la obra para poder dar razón de nuestra identidad. Algunos de los nuestros, impelidos por la urgencia de lograr respuestas al porqué de su existencia, dedicaron su vida en descender por infinitos pasadizos. Regresaron los hijos de sus hijos, puesto que una vida no era suficientemente extensa para alcanzar los cimientos. Únicamente consiguieron rebasar algunos tramos debido a la densidad de la atmósfera que amenazaba con reventar sus cuerpos. Allí vieron los restos de aquellos antepasados ¡tan diferentes de nosotros, que hemos mutado con el transcurso del tiempo! 

Los tramos inferiores los llamamos El Abismo; la densidad de la materia allí es tal que sólo permite la vida de criaturas inmundas que pueblan de espanto los sueños de los hombres. Cuando alguno es presa de la locura y se niega a continuar el trabajo es allí adonde es arrastrado por aquellos seres que insuflan su alma de un viento infernal hasta que llega a ser uno de los suyos. Los expedicionarios que gastaron largos años en un vertiginoso descenso han escuchado su clamor. Así lo dejaron escrito en los libros sagrados que conforman nuestra religión. 

La base del edificio no puede abarcarse desde ninguna altura. Creemos que los arquitectos fueron dioses que quisieron que su perímetro igualase el del propio planeta. Las leyendas hablan del momento en que comenzaba a escasear la piedra para los muros. Aquella generación advirtió que no quedaba tierra suficiente en el planeta para continuar su labor. Una fecha -un mojón entre tantos idénticos-, permanece a través de los siglos en nuestra memoria: dos soles alumbraban los días y tres lunas pendían sobre el mundo. El más alto pináculo de la torre rebasaba ampliamente la atmósfera y se expandía hacia el espacio exterior. Ese día, la más cercana de las lunas fue alcanzada por los constructores que emplearon sus rocas como material para continuar.  Esto redobló el impulso en su empeño demencial y los otros dos satélites no tardaron en ser asimilados al proyecto. Hemos tenido la fortuna de contar con demiurgos que han  dirigido sus hechizos para atraer cualquier cuerpo celeste que vagase a la deriva, con el objeto de alimentar la necesidad incesante de materiales. La obra prosiguió engullendo todo aquel astro que pudiese ser empleado como material para edificar los más altos muros. No conocemos con certeza la forma o las dimensiones que tiene ahora el universo, sólo que no hay un ápice de éste que no haya sido modelado por manos humanas e incorporado al infinito edificio. Sabemos con orgullo que hemos lijado cada arista del orbe y que hemos hecho nuestra casa a nuestro antojo y capricho. 

La construcción se halla más allá del tiempo y del espacio. Ella sola contiene todo lo que ha existido y que algún día existirá y hablar de ella es tan quimérico como tratar de atrapar la esencia misma de la deidad. A través de su estructura se dilatan las eras milenarias y su cúspide se alza tan vertiginosa que las leyes de la física que rigen para su tramo medio, nada tienen que ver con las de su parte superior. Algunos, para sortear las enormes distancias, cultivan el viaje espiritual que realizan en un trance parecido al sueño. Los investigadores de la torre son llamados filósofos, pero los que han dedicado largo tiempo en adquirir su destreza son conocidos como místicos. Hay quien ha conseguido alcanzar cotas muy elevadas y ha llenado nuestros textos de relatos fastuosos de belleza arrebatada. Mediante alguna suerte de viaje astral, logran desprenderse de sus cuerpos y su esencia espiritual se inmiscuye algunos tramos más arriba. Este edificio, que comenzó como una obra de los hombres, tiene vida propia. Por las noches oímos palpitar sus muros como un corazón gigantesco bombeando sangre a través de toda la estructura. A partir de algún momento continuó creciendo de manera autónoma como si hubiera adquirido consciencia de su inmensidad y capacidad para tomar sus propias decisiones. 
Hay quien ha considerado la idea de practicar algún orificio en ella; es decir, una ventana al exterior. Esto fue en seguida desechado como absurdo ya que el concepto “exterior” únicamente puede aplicarse a lo que pueda haber en algún punto de la obra. Afuera no existe nada y las paredes son un revestimiento que nos protege y separa de la irrealidad, de la inexistencia. Esta posibilidad la consideramos por tanto como una suerte de paradoja o esgrima mental por medio de la cual hemos conseguido acotar más acertadamente el sentido de nuestra casa. Hemos concluido que de llegar a suceder este hecho inaudito, todo quedaría instantáneamente consumido por las tinieblas exteriores. Además, su anchura se ha dilatado de una manera tal que sólo han alcanzado a ver los muros unos pocos cuya morada radica en sus proximidades. Estos los han descrito a otros más cercanos y así sucesivamente hasta llegar a nosotros, que damos crédito a su testimonio.
Algunos creen que su desarrollo se produce desde el extremo superior que es la parte inefable de la torre, más espiritualizada a medida que se asciende por ella, según constataron los místicos que tienen acceso a su seno. Allí hay regiones fabulosas adonde transmigran las almas de aquéllos que se han liberado de la densidad de sus cuerpos: La libertad total de los sentidos en un mundo que se va ensanchando hasta un infinito poblado por seres alados y majestuosos; criaturas míticas sólo entrevistas a través de las leyendas.

Una pregunta surgió tiempo atrás como un sacrilegio aberrante: inducidos por el que nadie haya contemplado los muros de manera directa, y sin que les haya disuadido el hecho cierto de su extraordinaria lejanía, hay quien se ha atrevido a insinuar que nuestra construcción no existe. Que todo fue una leyenda concebida al haber fracasado aquel propósito inicial de construir una torre tan alta que alcanzase las Puertas Benditas del Cielo, y el poder ilimitado que aquello conllevaría. Arguyen estos impíos, que la decepción que esto supuso habría empujado a los terribles monarcas del pasado a ocultar su fracaso para no justificar los ríos de sangre que habían causado a sus pueblos. ¿Es concebible injuria mayor contra nuestra obra?

1 comentario:

Luna dijo...


La humanidad se ha covertido en una torre, hasta dónde llegará?