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martes, 15 de mayo de 2012



De pronto estoy inmerso en un túnel sin aristas forrado de periódicos. Unas bombillas colgando de un hilo lo iluminan, pero a medida que avanzo las veo irradiar desde el interior de las paredes de papel. Sin duda que las cañerías hacen aguas por doquier, sólo así me explico las deformidades en las torres de periódicos. El túnel, cada vez más estrecho, se comba tanto que tengo que arrastrarme como una culebra. Poco a poco me he ido incrustado en un embudo de periódicos que la humedad convirtió en una pasta de engrudo y celulosa. Me encuentro en una situación demencial que, de haberla creado yo, implicaría un genio que me daría la gloria literaria. Afortunadamente consigo seguir la trayectoria de un pasillo donde los derrumbamientos formaron arcos de medio punto que soportan quintales gracias a una piedra angular de celulosa. De las paredes emergen gárgolas estrambóticas que formaron las goteras. Frontones labrados en la pared que demuestran una inventiva exquisita. La casualidad ha creado estructuras arquitectónicas inverosímiles que la ciencia de este siglo aún no ha descubierto. En cualquier momento podría tropezar con una de esas trampas que dispuso Hortensio para ahuyentar a los intrusos y entonces se desmoronarían los muros sobre mí. Porque ¿acaso no soy yo un intruso en este lugar?


Para evitar la ansiedad de la claustrofobia, me fijo en las páginas que forran mi mundo de ahora. La mayor parte están difuminadas por la humedad con lo que sólo quedan borrones en blanco y negro en los periódicos o colores abstractos en las revistas. ¿Cómo es que lo que me rodea me resulta de pronto tan bello? Siento que el azar aquí ha cuajado obras de arte que ni la imaginación del artista más efervescente tendría a su alcance. La única explicación posible es que, para sobrevivir en este angosto y abigarrado espacio de nubes de tinta, mi mente ha aprendido a ver sólo aquello que la alivia. Tanta exuberancia me provoca un vértigo lleno de placer artístico semejante al síndrome de Stendhal. Los periódicos amalgamados por la humedad absorbida durante años funden sus hojas emergiendo composiciones verbales jamás escritas por el hombre. Lo mismo, pero con mayor intensidad aún, sucede con las fotografías que el tiempo volvió traslúcidas, y que ahora se montan las unas sobre las otras en formas insólitas.


A pesar del peligro que corro de quedar mortalmente aplastado por un eventual derrumbamiento o tal vez gracias a él, la contemplación me sugiere que la misión del artista no está tanto en crear, por usar esta ampulosa palabra, como en la capacidad de desechar materiales inútiles de entre la ingente propuesta que ofrece la vida. Algo así como el vaciado en la piedra que realizó Miguel Ángel para liberar su Piedad o su Moisés de sus amorfos escondites. Todas las notas musicales están en el aire dispuestas a ser atrapadas, todas las palabras están esperando a quien las combine con la mayor sabiduría. Lo excelso está siempre ante nosotros, sólo hace falta saber dirigir la mirada. Como ahora mismo en que, reptando por este angosto túnel entre efluvios de tinta china y celulosa corrompida, mi mente selecciona las formas y colores de entre la multitud que me embalsama, combinándolas de la manera más placentera con la intención de que yo sobreviva. Y lo consigo porque, arrastrándome como una cucaracha, reúno la fuerza interna que me permite doblar un recodo. Un resplandor me guía hasta el final del túnel.


2 comentarios:

Luna dijo...

Hoy mi mente me ha traído hasta aquí.
Y sobrevivo.
Lo de los diarios, lo recuerdo de algún post anterior. Alguien apilaba cantidades de ellos.

Saludote grandote. Hasta allá.

Francis dijo...

ya veo que no te asfixió la atmósfera claustrofóbica.

Abrazos.