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martes, 26 de julio de 2011

MERODEADOR I




Como todo aquel que viva en un apartamento yo también escuchaba a mis vecinos cuando tiraban de la cadena del váter, a la madre gritando a su hijo para que terminara de una puñetera vez con la ducha, el vaivén del colchón cuando esa misma madre regresaba acompañada de la discoteca o cualquier otro de los múltiples sonidos que hacen las familias normalmente. Estos vecinos me parecían tan corrientes que ni siquiera les faltaba una hija adolescente que me turbase cuando la veía. Alguna vez coincidí con ella en el ascensor y tuve que bajar la cabeza para que no leyese en mis ojos que llevaba meses soñando con sus pechos. Sus ruidos no me molestaban lo más mínimo, antes bien: me sugerían formas de vivir la vida que desconocía, por lo que afilaba el oído para participar de un mundo del que podía aprender.

¿Qué adolescente no ha soñado con espiar a los demás con total impunidad porque es invisible? Esta fantasía, en gran medida erótica, esconde el deseo de ver desnudas a nuestras vecinitas, pero sin sufrir ninguna consecuencia desagradable. Ahora que sé que mis pensamientos eran un acicate para lo prohibido, me disculpo pensando que jamás supuse que, cada vez que fantaseaba con esto, estaba un paso más cerca de realizarlo.


La primera vez que me descolgué hasta su piso no pensé que podía acabar en un calabozo, denunciado por allanamiento. Pero, por fortuna, nadie me vio bajando por la barandilla que une el séptimo con el sexto. Mis pies buscaban donde posarse, una ráfaga de viento los envolvió y el vértigo me hizo agarrarme tan fuerte a la barra de hierro que mis nudillos resonaron con un chasquido. Una coz de adrenalina me golpeó cuando entré por una ventana en el interior de aquel piso. Era un silencioso domingo por la tarde y todo parecía indicar que los vecinos habían salido. Recorrí el pasillo lentamente, pegado a la pared, sin estar seguro del todo de que no hubiese alguien más. Escuchar durante tanto tiempo los sonidos de ese piso me había hecho creer falsamente que era algo mío, familiar. Ahora que por fin estaba allí me daba cuenta de que era un espacio extraño. No me atreví a encender ninguna luz, tuve que conformarme con el atardecer mate que entraba por las ventanas. De pronto caí en la cuenta de que desde ahí también se escuchaban mis ruidos en el piso de arriba. Suspendí la respiración como si pretendiese escucharme en mi propio piso hasta que me di cuenta del despropósito.


A través de una puerta vislumbré una colcha rosa, fotografías de guapos cantantes en la pared, lápices de colores, peluches multiplicados por los espejos de cuerpo entero que forraban las puertas del armario. Hice acopio de valor, empujé la puerta y entré en el cuarto. Era, sin duda, el dormitorio una jovencita que hacía poco había dado el salto desde la niñez. O eso indicaban las compresas que, tal vez, sólo usaba como medida preventiva. Caí en la cuenta de que debía estar en el dormitorio de la propietaria de mis ansiados pechos y tuve una erección. “Sorprendente que me ocurra mientras delinco”- pensé, con cierto cinismo. Revolví cajones donde había cintas para el pelo, minifaldas alegres, sujetadores transparentes que tanto me hubiese gustado que la vecinita se hubiese probado para mí. Espolvoreé en mi mano un bote de colonia que había sobre su mesita de noche. Creo que perdí la compostura cuando encontré la cómoda donde guardaba las braguitas: las olí pecaminosamente y mi mano se deslizó juguetona hacia la bragueta.

A mis quince años ¿No seré yo un enfermo, un tarado, un futuro violador? – me pregunté. Antes de esto, ¿acaso sabía que era capaz de masturbarme sobre unas bragas que no eran mías; es decir, sobre las bragas de una desconocida, en un piso adonde podía regresar su dueña en cualquier momento? Un chasquido resonó muy cerca, a mis espaldas. Tal vez existan ángeles guardianes de la intimidad de los ausentes, porque no me sentía solo en aquel lugar. Comencé a estremecerme pero conseguí confinar la idea en algún lugar apartado de mi mente mientras me sacudía el miembro con prisa.






5 comentarios:

Luna dijo...

Y cuándo se termine de cocinar? No,no quiero imaginar...
No sé cómo hacés, pero casi me vuelvo invisible.

Un saludote grandote, Fran. Siempre es lindo leerte.

aina dijo...

Fran. Me has sorprendido. De verdad, me dejas alucinada, escribes maravillosamente. Poco importa si era un enfermo o un joven hormonalmente descompensado, lo ilustras de manera espectacular y eso es lo grandioso de la historia.

Jo, me ha encantado.

Susan Urich dijo...

“Sorprendente que me ocurra mientras delinco”-

Cuando llegué a esta parte solté una carcajada desde el estómago, creo que salió así por la mezcla de tensió e ironía en el texto. Me gustó mucho. No te había leído nada así en mucho tiempo. Un abrazo.

Fran dijo...

Luna, le puse ese nombre porque aún no está terminado.

aina, eres muy generosa. Es muy fino eso de 'hormonalmente descompensado' en vez de pajillero.

Susan, andas muy activa ¿no? Gracias.

Luna dijo...

Cuando leas, te permito un lunicidio. Vía módem, claro.

Saludotes grandotes.