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jueves, 9 de junio de 2011




Todavía recuerdo el primer día. Cuando aún no sabía ni flotar, Miss Swift, una irlandesa enjuta antigua campeona de natación, me arrojó por sorpresa a lo más profundo del río: nunca habría imaginado que pudiera existir una negrura tan helada allí dentro. Al poco de caer comencé a manotear mientras me hundía y, cuando ya mi cabeza desaparecía en el abismo, agarré un palo lleno de nudos que me sacó. El segundo día fui también arrojado a traición. Ni que decir tiene que evité tragar agua todo el tiempo que pude pero, a pesar de mis esfuerzos, sucumbí a la oscuridad sin aire hasta que, otra vez, el bastón lleno de nudos me salvó. El agua estaba tan fría que mi cabeza cristalizaba en hielo para poder romperse y evitar así el dolor. Aún hubo otro par de ocasiones en las que estuve a punto de ahogarme pero, cuando llegó el quinto día, puedo decir con orgullo que Miss Swift dio por terminado su trabajo para conmigo.

Estos inicios incrustaron en mí una concepción dolorosa y placentera de la natación. Estoy seguro de que sin el agua mi vida habría sido bien distinta; en su interior el tiempo se torna elástico ya que el agotamiento es una droga que cambia mi percepción del mundo. Traspasada una barrera agónica, fuerza a emerger otro yo que siempre, también en tierra, me acompaña silencioso. Estos extremos no suelo afrontarlos pero, al cabo de una hora de braceo, por lo general me olvido de mí mismo entre alharacas de mi yo consciente. Podría decirse que la parte mínima de mi ser que aún subsiste, pervive para alborozarse de la desaparición de mi densa, terrenal persona.

Mi forma de nadar no tenía compasión por el dolor, y esa crueldad resistente me ayudaba a olvidarme de la polución mental que, en forma de ideas nocivas, amenazaba con ahogarme. Era entonces cuando me hundía en ese útero de cloro o de sal. Daba igual que fuese en la piscina o en el mar; el esfuerzo disparatado me conducía a ese trance agónico donde mora mi ser ignoto. Al cabo, emergía con la sensación que nos dejan ciertas realidades que se repiten mientras dormimos, de manera que frecuentamos escenarios y personas familiares sólo en sueños. Tras el tremendo esfuerzo estaba seguro de haber alcanzado una meta tan escurridiza como pierde la memoria un diablo sobre esta mariconada de tierra sin fuego.





5 comentarios:

Luna dijo...

Fran. Quiero matarte...

Conde de Galzerán dijo...

Me caen bien los anfibios y además me van los idilios fuertes; pero nunca me apuntaría a una escuela de natación donde ejerciera la susodicha, de profesora.

Un abrazo, Fran.

aina dijo...

Enhorabuena por tu brillante forma de relatar. Se me hace muy ameno leerte.

Fran dijo...

pues nada, luna, nada...


Conde, probablemente la susodicha mereciera una -o dos- ahogadillas

aina: me alegra tu comentario puesto que, ante todo, procuro no ser coñazo.

Susan Urich dijo...

Estoy de acuerdo con el Conde de Galzerán. A veces logras que parezca fácil señalar cosas de naturaleza tan inasible, sensaciones que son realmente difíciles de captar, tú las plasmas como si nada. Es, precisamente, eso, deshabitarse. Me pasa con muy pocas cosas, cuando dibujo y escribo, también con alguna otra cosa. Un abrazo.