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lunes, 23 de mayo de 2011

EL GUATEQUE



Después el entierro me encontré solo en casa. Los recuerdos que impregnaban las habitaciones formaban una segunda piel que me protegía de las asperezas del mundo. Fuera del caparazón de mis cuatro paredes, los chicos del instituto me envidiaban: con casa propia y dinero suficiente para no depender de nadie, yo era un friki musculoso que encarnaba un sueño imposible para ellos.

Un día reconocí que me había hecho popular y que me incluían en sus planes; admito que la situación me sorprendió y que a algunos les rugí huraño. En una ocasión me pasaron las respuestas robadas de un examen para el que no estaba preparado. Otras veces me invitaron a ir de bares, pero tantos años de ostracismo me lo ponían cuesta arriba. Llegó un momento en que me tocó retribuir. Fue Meléndez, el más servicial y a quien mi impericia social le había cubierto de exabruptos quien me lo pidió. No pude negarme.

Ya avanzada la fiesta, en medio de la trifulca alcohólica, me lesioné la mano cuando quisieron violentar el despacho de mi abuelo; santuario que no dejaría a merced de las hordas, con lo que propiné puñetazos en rostros embotados que aromatizaron mi mano de sangre y vodka. A pesar de todo la demencia penetró como un caballo desbocado hasta la última hendija de mi casa: en una caja de puros que mi abuelo recibía directamente de la Habana, en el interior de un bureau cerrado con llave en lo más hondo del despacho, descubrí un preservativo húmedo; no tuve presencia de ánimo para comprobar si se trataba de impregnaciones etílicas o era que estaba usado, por lo que tiré la caja entera a la basura.

Esa noche retemblaron los cimientos al son de los altavoces que instalaron en mi cuarto. Ya de madrugada, abrumado por el estruendo salí al descansillo y, cuando levanté la cabeza, vi a Melendez asomado a la baranda, boqueando unos pisos más arriba como si le faltase el aire, quien sin previo aviso arrojó un vómito que me impactó de pleno.

Las meadas y otras inmundicias que chorreaban por el hueco de la escalera continuaron cayendo sobre los policías que llegaron para detenerme. La lluvia de mierda se mezcló en mi cara con el escupitajo que me lanzó un vecino. - “Hijoputa”- me espetó mientras me esposaban. - “Si esto se repite, te parto en dos el alma”. Por su culpa, durante una buena temporada entré y salí a escondidas del edificio como un ladrón que se arrastrase por la penumbra de su propia casa.

A partir de estos hechos lamentables, limité otra vez mis relaciones con mis compañeros. Lo acontecido me reafirmó en la idea de que ignorar mi naturaleza solitaria no me procuraría más que malentendidos. Sin embargo, el prestigio que mi independencia me procuraba continuó causando que ciertos ingenuos insistiesen en visitarme. Mi ostracismo, mi ignorancia de las modas y de las convenciones sociales, me dotaba de una aureola que les resultaba magnética. Creo que admiraban mi desprecio olímpico por los sumisos que se desvivían por cumplir las normas, claro está que no sabían que mi aparente superioridad se debía a que era incapaz de ajustarme a lo que de mí se esperaba. Durante una temporada dejé que algunos de estos devotos entrasen en mi casa donde, fascinados, indagaban entre mis banalidades; revolvían los cajones con la ropa interior y husmeaban entre mis papeles. En una ocasión encontré a uno de estos tipos probándose mi pijama y le reprendí indignado. Su interés terminó por parecerme ridículo, en cierto modo incomprensible y les eché por fin. Pensé que tal vez actuaban movidos por una homosexualidad latente, desconocida hasta por ellos mismos y que eran  sugestionables como candidatos perfectos a caer en las redes de una secta.

8 comentarios:

aina dijo...

A veces es cara factura la del precio de la fama. El vodka tampoco ayuda a la hora de negociar.

Fran dijo...

querida aina no entiendo tu mensaje pero lo agradezco mogollón.

aina dijo...

¿Cómo que no???? jajajaja

Lee tu relato.

Susan Urich dijo...

Eso, Fran, es tener el valor y la honestidad de ser uno mismo, lo demás es poco relevante, el reconocimiento es poco relevante, lo que sí importa es, al menos en cuanto al arte, es tener una voz propia, y la única manera de tener una voz propia, es siendo uno mismo. Por eso suelo pensar que el arte es también una forma de autoconocimiento. Te dejo un abrazo, y ahora que ando por aquí, que hace tiempo no venía, aprovecho de ponerme al día con tus posts, que yo andaba perdida. Un abrazo. Por cierto te dejé un correo hace tiempo que no llegaste a contestar. Dije algo, no sé, que te desagradó? Va otro abrazo.

Conde de Galzerán dijo...

Hay quienes te desprecian por sistema. Te sumen en su indiferencia. Lo peor es que a menudo, su indiferencia es combativa. Detrás de ti han vaticinado que todo es ganga. Hay otros que te aceptan, y por lo tanto, entras en sus planes. Te entran. Pronto serás esclavo de sus proyectos vitales porque han presagiado mena en tu retaguardia. El ciclo puede cerrarse cuando te proteges. Simplemente querrías ser amable y ahora te ves defendiendo, el despacho del abuelo, tu cuarto o tu cama, de los vómitos de los presuntos afables invitados. Y de nuevo eres cangalla para ellos. Sólo cuando no existes, eres respetado.

Me reconozco bastante en tu protagonista.

Fran dijo...

desde luego, el peor enemigo del hombre es el hombre (a veces la mujer).
Un abrazo, Jojo.

Luna dijo...

O, algunas veces somos nuestro peor enemigo. Entonces la culpa es todita nuestra...

Otra vez mi café en taza de té se enfrió!!!

Un saludote grandote, Fran.

Tampoco estuve por el Metaforario, primero se estropeó mi compu y luego tuve que viajar al sur de la Agentina. Se me dió por extrañar este mundo...

Luna dijo...

Y si, Fran. A veces cavamos y encontramos...Pero creo que volar es más sencillo.

Un saludote grandote.

El Metaforario te extraña...