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martes, 29 de marzo de 2011

EL RETRATO


Raquel tenía un talento artístico heredado de su madre, también pintora. Las veces que la vi en acción puedo dar fe de que sólo usaba el pincel para dar los retoques finales a un trabajo que realizaba deslizando los dedos sobre el lienzo. Sus cuadros resultaban en principio incomprensibles, pero cuando fijabas la atención comenzaban a hablar a quien los mirase. Con ocho años decidió retratarme también a mí. –‘Siéntate quieto aquí delante’, me dijo después de hacerme aguardar durante meses su promesa y comenzó a arañar la tela con las uñas. Sentado frente a ella el olor acre de la pintura me embriagaba. Su rostro se sumergió en esa eternidad que viven los niños cuando juegan desentendidos del mundo. En media hora lo terminó y, entonces, apenas tuve fuerzas para resistir la acometida de una arcada. Porque en el centro del lienzo había una pelambre con forma de riñón, un moño hirsuto de pelo de alambre que cualquiera diría que podía caerse de pronto al suelo. Claro que todavía no sabía que, en lo sucesivo, mutaría en verdes calidoscópicos y en cortezas castañas de bosque umbrío. Era un mundo primigenio, un magma incomprensible que Raquel vomitó durante la media hora que le costó dibujarlo. Me resultaba tan confuso que deseé tener una guadaña que podase el campo enmarañado en que se había convertido el lienzo, pues no encontraba claridad alguna en él.
                  
–‘Necesita madurar’, me dijo cuando me lo entregó. Entonces lo guardé en el armario empotrado de mi cuarto. Pasaron los días. De vez en cuando asomaba la cabeza para asegurarme de que aún seguía ahí. Por entonces era para mí una aberración inextricable y tampoco creo que nadie hubiese reconocido la imagen que encerraba. Como una manzana que muda la piel verde en caoba, sentía que aquella obra de Satanás, repugnante y misteriosa, podía evolucionar y aún agusanarse como un animal podrido. Y al poco florecieron hongos y setas sobre el lienzo, lodazales a través de los cuales algo se abría paso.
                                                                                             
Una vez que hice limpieza en el cuarto sorprendí unos ojos viscosos mirándome desde la oscuridad del armario. Otra vez, al abrir la puerta con prisa para recoger un pijama, vi un rostro arrugado de nuez y, al tiempo, con la tez radiante de un pomelo. Ansioso por estudiarlo, me determiné a colgar el retrato frente a mi cama para que fuese lo último que viese antes de dormir y lo primero al despertarme.

Una noche, a punto de apagar la luz, note que el lado derecho del retrato era terso como la piel de un bebé y que la parte central era un adulto que, en la dirección contraria a las agujas de un reloj, se transformaba en un viejo. Lo más asombroso era que en un solo rostro coexistía desde mi niñez hasta mi senectud. La parte juvenil estaba bien definida puesto que lograba reconocer mis cejas o mi nariz. Pero envejecía hacia mi izquierda y era cada vez más nebuloso, de manera que apenas intuía una ancianidad venerable.

¿Cambiaba la pintura o era yo quien la veía con otros ojos? ¿Me había sugestionado la personalidad potente de mi amiga? Ante las mutaciones sigilosas me dije que algún componente químico en la pintura producía las transformaciones. Pero en el fondo sabía que no era así y rebusqué otras respuestas desesperadas que también deseché enseguida. Lo cierto es que ahí estaba todo: la paz, la ira, el desconcierto, la alegría, las dudas y todo aquello que ‘Si eres capaz de tomar las decisiones acertadas, llegarás a ser’ - me había dicho Raquel el día en que dibujó mi ser completo y global, ese que es el resultado de todos los yoes que, si el destino me secunda, desplegaré.

Todavía poseo el cuadro y aún me estremezco al comprobar cómo mi rostro se escora lentamente hacia su parte izquierda. Es posible que las vagas líneas que lo componen definan mi rostro de ayer, de hoy y, tal vez, el de mañana.

12 comentarios:

Luna dijo...

Hola Fran !! No voy a leer porque se me corta la conexión, Estoy de mini vacaciones y el móvil pierde la conexión. Cuando regrese leo todoooooooooo

Saludotes grandotes !!!!

Conde de Galzerán dijo...

Me gusta éste relato por lo personal e íntimo de su noción.
Azar de los azares. Ayer subí un poema en catalán, a mi blog, fabricado sin reflexión.
La luz de su concepto me gustó tanto que atolondrado lo escribí. Y el resultado lo reputo nefasto. Iba a borrarlo, pero luego se me ocurrió, dejarlo al sol, como unos pantalones mojados. Por si se secan. Por si madura solo.
Luego vengo y leo tu relato. Me ha parecido ver un parecido tema.
La diferencia radica en que el tuyo, me gusta.

Por cierto. Felicidades, por el premio. Me alegro mucho.
Abrazo, Fran

Fran dijo...

Luna, espero que te lo pases muy bien... aguardo tus impresiones... Un abrazo.

Conde, no sé catalán, ni pizca, pero leí el poema y me gustó. Como puede ser, lo ignoro. Es buena idea dejar madurar las cosas. Sospecho que en sí mismas son poco más que lo que nosotros les ponemos. Respecto al premio, gracias. Resulta casi imposible publicar (tu alter ego Jojo me habló de ello) y al menos publican el relato.
Un abrazo.

Luna dijo...

"Necesita madurar", maduramos, envejecemos. Hay una razón , además del tiempo, para que el rostro se incline hacia el lado izquierdo?
Me encantan tus relatos. Provocan imaginar.

Saludos grandotes, Fran. Que pases lindo fin de semana.

P.D.: Me tiene intrigada lo de tu premio. Se podrá leer en algún sitio?

Fran dijo...

Hola, Luna. Pues la razón por la cual se madura hacia el lado izquierdo la ignoro. Probablemente sea porque sí o, en todo caso, por el artículo 13, que es un artículo que yo nunca he visto en ningún código o reglamento pero que dicen por ahí anda y que no es ningún mito.

Bueno fin de semana igualmente.

Luna dijo...

Jajajajaajaaajaja !!!! Me hiciste reir con tu visita!!!
100...pero inmerecidos, lo sé. Como sé que escribo cosas que para nada es lo que escriben los demás. pero bueh, son mías.
Gracias por la sonrisa grandota de hoy.
Bonito día para vos, Fran. Un saludote grandote.
Estoy pensando en dejar esto...

Luna dijo...

Fran, se te extraña en el Metaforario...

Saludos y lindo lunes.

Susan Urich dijo...

No sé, Fran, a veces escribes cosas que me producen un escalofrío anchísimo, se extiende demasiado pronto, una sensación que me estira en el asiento. Me acordé de la obra de Wilde, El retrato de Dorian Grey. Mierda, Fran, qué bueno es este texto. Los párrafos centrales te ponen en un estado de alerta inexplicable, está bien logrado. Siempre me ha gustado cómo escribes, pero este es uno de tus textos más maduros, creo, jajajaj aunque seguro me rele tu blog y digo que no, que es otro, pero de momento sostengo que este. Ya sabes tú que no hay condescendencia en mis comentarios. Por otra parte, me causó curiosidad el comentario que hiciste al texto del blog, porque, de hecho, estoy tomando clases de caligrafía china, me descolocó el comentario un poco, pero en buen sentido. Un abrazo enorme.

Fran dijo...

Joder, Susan!!! Tus comentarios son estimulantes para mí. Si la realidad secundase tus opiniones, ya estaría glorificado por los laureles que reparten los editores y demás 'pincha y corta' literarios. Sostengo que, por muy fantástico, disparatado y aún demencial que sea un escrito, siempre, siempre... ¡coño, siempre! hay un algo biográfico u/o psicológico de quien perpetró el desatino verbal. En cuanto a lo de la caligrafía... Tal vez yo tenga intuiciones...¿quién sabe? Ala pues, a tomar viento que me voy a nadar...

Bel M. dijo...

Iba a decir cuánto me gusta y a explicar por qué, pero veo que ya el Conde lo ha dicho muy bien. Y, ¿qué premio es ese? Sea como sea, ¡muchísimas felicidades! Y un abrazo.

Susan Urich dijo...

Bueno, tú sabes que la realidad no existe, Fran, mi opinión puede, perfectamente, estar reñida con la de muchísimas personas, pero yo, yo, al menos yo, creo que escribes bien. Y sí, estoy de acuerdo contigo, algo, un nexo por lo menos mínimo hay entre lo que se escribe y el escritor, yo antes pensaba que no siempre, pero cada vez me doy cuenta de que sí, de que algo hay, al menos leve. Un abrazo, a nadar.

Luna dijo...

Recordé lo del cuadro de Raquel por "La condición del lienzo, suave, palpitante, tan parecido a la piel de un animal o, no quería ni pensarlo, a la de un niño muy pequeño, me perturbaba."