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viernes, 5 de noviembre de 2010

LIBERTO

 Cuando aún llevaba pantalones cortos, rascones en las rodillas y el dedo índice magnetizado por la nariz, un gato me obligaba a hacer lo que se le antojaba. No era como otros seres cuya malicia, inteligencia o astucia radica en el cerebro para, desde ahí, expandirse al resto. Su fuerza estaba en sus ojos hipnóticos y todo lo demás (patas, lomo, uñas, intestinos, corazón) era apenas un soporte de su voluntad. Nada hacía pensar a mi abuelo que su gato fuese diferente. Estaba acostumbrado a él como se puede uno acostumbrar a un cuadro colgado largos años en el vestíbulo o a una vieja chaqueta. Cuando intuía que el animal pasaba cerca levantaba el pie aun sin verlo y, por supuesto, no necesitaba mirar el suelo para evitar su almohadón. Tampoco llamaba la atención de las visitas espaciadas de sus amigos, o de compañeros míos del colegio que exclamaban: ‘¡Qué ojos tan bonitos!’, o ‘¿De qué raza es?’, a sabiendas de que era apenas un gato callejero favorecido, si acaso, en algún detalle intrascendente por los genes. Sólo yo percibía su diferencia y, como si esto me hiciese vulnerable a su poder, era yo su única víctima.


Por lo general, unos ojos son ventanas por los que asoma una identidad. Sin embargo, en él, lo profundo y definitorio radicaba en esos órganos esféricos, partidos por la raya vertical de sus pupilas que parecían capaces de pensar por sí mismas. Tal vez fue por esto que me convencí de que su cerebro no estaba debajo del cráneo si no en sus glóbulos rasgados y que ahí era donde moraba su ser malévolo. A veces los imaginaba suspendidos en un limbo sin cuerpo, con su alma bestial enraizada en ellos, pues hubiesen podido existir por sí solos de no haber necesitado un marco donde ubicarse. Jamás pude mantener aquella intensa mirada capaz de anular mi voluntad, ni el brillo sarcástico en su córnea que denotaba cuán consciente era de su poder. Me irritaba que sus exigencias buscasen reafirmar su dominio o, simplemente, el mero capricho de cumplir sus antojos. Hubiera podido prescindir de mi esclavitud sin merma en su calidad de vida, pero siempre consiguió salirse con la suya.

Normalmente sus órdenes eran simples, fáciles de llevar a cabo aunque me resultasen odiosas como, por ejemplo, que sacase de la basura una lata con restos de atún o que, arrodillado frente a él, le rascase el lomo. Yo ardía por ignorar sus imposiciones pero con una obstinación creciente, me doblegaba. Los primeros meses, nada más percibir uno de sus antojos, me escapaba de casa dando un portazo, pues pensaba que la distancia debilitaría su mandato. Pero, a medida que caminaba por las calles, entraba en comercios o compraba alguna chuchería notaba que desde su almohadón a kilómetros de distancia seguía mis pasos y, con órdenes cada vez más imperativas, me obligaba a regresar si quería librarme de la obsesión. Sabía que sus ojos pararían cualquier intento contra él y, ante mi desesperación, respondía con una actitud altiva ante la que yo sucumbía. Me dominaba como a un esclavo servicial y disfrutaba al saberme sin escapatoria con lo que mi odio era cada día más fuerte.

Una vez que entré en la cocina supe que estaba tumbado cerca, en su almohadón. Renuncié a cerciorarme, pues sentía su insolencia desde un ángulo preciso al pie del fregadero. Si lo miraba, aunque fuese levemente, caería otra vez en su red. La idea fue fulgurante, sin un plan previo ni consciencia de que era el único camino: descolgué el delantal que usábamos para cocinar, lo tiré sobre él y me dejé caer a plomo para que no escapase. Ignoro de donde saqué el martillo, supongo que el destino lo puso en mis manos, pero con golpes tan certeros como sólo el odio puede dar, reventé cada uno de sus ojos repugnantes al tiempo que escuchaba caer mis cadenas. Intentó morderme a través de la tela que lo tapaba, pero sus horribles maullidos sólo consiguieron recrudecer los martillazos, que continué descargando hasta que el delantal fue un bulto informe empapado de sangre.

Mi abuelo me encontró regado en sudor, con el martillo sanguinolento en las manos y el gato pulverizado debajo del delantal y pensó que aquello rebasaba su límite. Decidió llevarme a un galeno con experiencia en niños traumados, quien estableció para mí un estricto régimen a razón de tres visitas semanales, que fueron adelgazando hasta convertirse en una única y tortuosa sesión. Este médico escaneó mi cerebro en busca de algún indicio que justificase mi salvajismo. Hubo etapas en que me atiborró de pastillas, otras cuya cura consistió en repentizar asociaciones de palabras más bien tontas. Probó conmigo el método conductista y, más tarde, la terapia Gestalt. El también creía que el gato había sido una criatura maravillosa y no un engendro malsano que mereciese morir a martillazos. Me gustaría pensar que le engañé y que le di la razón para que me dejara en paz, pero lo cierto es que tanta refriega a mis pulsiones internas acabó por convencerme de que todo fue una obsesión, un juego que se me escapó de las manos y que el animal, probablemente, nunca tuvo la perversa naturaleza que yo le atribuía. Pero, ¿por qué me despierto cada noche con arañazos tan profundos que manchan la almohada de sangre?

10 comentarios:

Lucía R. dijo...

Tu relato me ha recordado la imagen de la peli de Buñuel, "Un chien andalou", una navaja seccionando el ojo de la mujer que mira, para liberarse de la realidad, para alcanzar un noveau regard a través del surrealismo.
Liberarse de la mirada de un gato es algo complicado ¿no crees?Mantenerles la mirada también lo es, si los retas ellos acaban bajando la suya. Estuve con los gatos de mi madre este fin de semana, desde pequeña sé imitar sus maullidos para que se restrieguen contra mis pies. Tu gato es muy doméstico, no sabe cazar, yo prefiero los gatos techeros que vuelven libremente.

Un beso.

Fran dijo...

No estoy muy seguro, querida Lucía, de que Buñuel y Dalí pensasen en interpretaciones para sus imágenes, pero la que tú propones me parece muy plausible. Los gatos me dan un poco de repelús, igual se ha notado en el relato :) Seguro que influye que he tenido poco trato con ellos. Recuerdo una gata en celo retregándose contra mi pierna, me dió mucha aprensión... me gustaría oirte maullar, debe ser una experiencia interesante.

Besos.

Lucía R. dijo...

Bueno, eso es discutible, la pintura de Dalí encierra mucho simbolismo ¿Conoces el cuadro "El gran masturbador"? Pues, hasta el mismo Dalí reconoce en los elementos de su pintura sus obsesiones, sus miedos, por ejemplo el saltamontes que aparece comido por las hormigas simboliza su miedo a la muerte. Los surrealistas franceses y concretamente en el caso de Buñuel, teorizaron sobre el significado de sus imágenes oníricas. Una nueva mirada que fuese más allá de la realidad, o sea una ruptura con la realidad. No me estoy inventando nada, desde Buñuel, Dalí, Breton.
La naturaleza de los gatos es la inestabilidad, suelen ser ariscos, amansarlos es un arte hipnótico. Sólo maullo a mis gatos y en privado; a ladrar no aprenderé nunca, ni ganas.

Besos.

Fran dijo...

Me temo que el grueso del guión de El perro andaluz es obra de Pepín Ribero, amigo de ambos y perfectamente anónimo salvo por su amistad con los 'genios'.
De todas formas, generalizando que es lo que me gusta a mí, diré que las obras artisticas generan siempre una multiplicidad de interpretaciones que nunca fueron previstas por el autor pero que están, para el crítico avisado y que estudió mucho, mucho para serlo, efectivamente en la obra. Esto ocurre porque estas personas (los creadores, no los empollones) tienen el don de penetrar la realidad haciendo uso de imágenes depositadas en el incosciente colectivo que poseen la cualidad inefable de levantar ecos irracionales previos al bisturí de los críticos. La cabeza, Lucía, sólo se la calientan los 'listos'. Los genios como Dalí no necesitan pensar que para algo tienen la varita mágica y no me refiero al pene.

Kikiriki.

Susan Urich Manrique dijo...

Bueno, aquí lo único malévolamente "arrastrante" es tu historia, mira que andaba apurada y sólo pasé a ver si habías colgado algo nuevo, pero al empezar a leer me costó tanto despegarme que ya no lo hice, y hasta me tienes aquí comentándote. No sé, algunos ojos tienen eso, son vorágines en las que uno puede perderse para siempre. Tanto que me gustan los gatos...

Abrazo!!!

Fran dijo...

Hola!!! Espero que llegases a donde tuvieses que ir a pesar de tu demora en la lectura de mi paja-literario-gatuna. Por el minino pierde cuidado: no sólo no perdió la vida sino que se la dimos entre este que lo es y quienes lo leeis.

abrazote.

Lucía dijo...

Buf...Me gusta el relato de hoy, pero es heavy, eh?
Bueno pues a mí hoy me recuerda a otro experto en el realismo mágico que es Murakami. Y por supuesto a Mishima...

Un abrazo, Fran

Fran dijo...

Hola, Lucía. Precisamente la idea me vino por la fotografía de un libro de Murakami que acabo de terminar y he puesto la foto de la portada. Es el primer libro que leo de él y me encantó; originalísimo, inclasificable. Si algún pero le pondría es que se desparrama en muchas palabras.

Besos.

Lucía dijo...

Kafka en la orilla, no? Está bien, me gustó, me recuerda un poco al momento en el que Kafka narra, no me acuerdo muy bien, lo leí cuando salío, creo que es cuando describe a su padre...bueno un momento casi al final del libro... y lo de Mishima pues por eso de combinar los recuerdos del pasado con un episodio violento. Hay un libro, no sé si lo leiste de Janet Frame que se llama "Un ángel en mi mesa" que a lo mejor te interesa. Por si no lo has leído es una autobiografía y describe sus vivencias en el psiquiátrico y sus miedos ante el electroshock, entre otras vivencias.
:)

Fran dijo...

Hola Lucía. He buscado a Jane Frame en google pues me era totalmente desconocida. Eso de pasar años de peregrinaje de psiquiátrico en psiquiátrico debido a una torpe confusión de diagnóstico, padeciendo electroshoks y vaya ud. a saber que más perrerías de la época, me parece escalofriante. Actualmente me encuentro un poco sensible para semejantes argumentos. Más adelante, si encuentro tiempo para ello, reforzado por los polvorones navideños y con 'pastorcitos camino a belén' de fondo para quitarle hierro, será interesante echarle un vistazo.