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viernes, 1 de octubre de 2010

LABERINTO DE LUZ


El día que conocí al bibliotecario, estaba leyendo cuando me distrajo un punto de luz alejado entre los anaqueles. Pensé que quizás se tratase de los hilos de humo de las lámparas cuyas mechas de líquenes en fermentación son sumamente duraderas aunque, sospecho, también alucinógenas cuando transcurren las horas. Mientras me aproximaba hacia el punto brillante, éste se transformó en una raya luminosa primero y luego en cuatro rayas, hasta que conseguí precisar las junturas de una puerta detrás de la cual había una luz. Un rumor de papeles y alguna tos cesaron cuando la puerta se abrió de repente y me encontré por primera vez cara a cara con él.

Ese día apenas pude entrever su morada pues cerró la puerta con prisa. Me dijo que me conocía ya que eran muchos los lugares desde los que era fácil observar sin ser visto y mientras me hablaba, noté que estaba orgulloso de que alguien prestase atención a los libros que constituían su vida. Más adelante, cuando me enteré del sigilo con que era capaz de moverse, me estremecí por las muchas veces que debí tenerlo a mi lado sin que yo lo supiese.

En seguida quiso mostrarme algunos secretos de la biblioteca. Me guió por sectores enrevesados por los que sin duda me habría perdido yo solo, hasta un punto donde el polvo dificultaba la respiración. Entonces levantó una trampilla de piedra con una fuerza que jamás hubiese supuesto en un viejo. Allí dentro la pobreza del aire no bastaba para mantener encendidas las lámparas, aunque una luz fluctuante que mana de las paredes las hacía aparecer quietas y en perpetuo movimiento a la vez. Estábamos al borde de un pozo vertiginoso que se retorcía en espirales cuajadas de estantes donde podía vivir cualquier cosa. Pisamos unos tablones crujientes mientras que yo rehusaba mirar el abismo que se abría en el centro. Recuerdo un puente atado con cadenas o cuerdas meciéndose en el vacío. Recuerdo unas escaleras que nacían en un muro y que morían en ese mismo muro. Sentí un vértigo que nada tenía que ver con la altura, un vértigo que relacioné con la luz que surgía de aquella estructura.

Me dijo que la mayor parte de la biblioteca se hundía hacia el interior y que sus muros contenían un mensaje que durante años había tratado de descifrar sin conseguirlo porque modificaban constantemente sus formas. Cuando ya nos marchábamos toqué los relieves de la pared y noté su pálpito, por lo que retiré la mano asqueado.

2 comentarios:

Susan Urich Manrique dijo...

Coño, el corazón de esas paredes ha quedado palpitándome en las manos. Hay algo deliciosamente oscuro en este relato, me encanta. Lo pondré en el pez de plata, que ahora sale de ocho páginas y podemos publicar textos desde una cuartilla hasta cuatro. Beso.

Fran dijo...

Que bien, será un poco como hacerme famoso de la mano de mi mentora Susan Urich Manrique, descubridora de jóvenes talentos recién salidos del geriátrico... Besos con la dentadura postiza puesta, por favor. No me hagas esa putada...